El reciente Debate parlamentario sobre el Estado de la Nación ha cumplido todos los pronósticos. Ha sido absolutamente previsible sin aportar gran cosa de nuevo. Me resulta imposible escuchar al presidente del Gobierno sin que mentalmente se sobreimpresione, encima del atril que ocupa, el lema que aparece a la entrada del infierno de Dante: lasciate ogni speranza.

Pero lo que promueve a la melancolía es la contumacia de Alfredo Pérez Rubalcaba en su patético intento de persuadir a las audiencias. Da igual lo que diga o cómo lo diga. Los ciudadanos progresistas españoles lo dan por amortizado y sus esfuerzos dejan fría a la concurrencia. Encuesta tras encuesta, los ciudadanos le puntúan incluso por debajo del abrasado presidente del Gobierno. Esta realidad es bien conocida de todos con excepción del mismo Rubalcaba, de su equipo y, tal vez, del ínclito Cebrián.

Por eso, empieza a ser de mal gusto su interés personal —y de su cohorte de instalados—, por perpetuar una situación que ya ha sido definitivamente evaluada por los potenciales votantes socialistas.

Esto parece una verdad apodíctica, sin embargo parece que ningún cuadro socialista se atreve a decir. Por eso, como en el cuento de El rey desnudo, tienen que venir personas de fuera a señalar con el dedo las vergüenzas del monarca.

Igualmente me empieza a generar un cabreo cinco estrellas el hecho de que esta gente pretenda afrontar los procesos inmediatos con trampas, trucos y encantamientos.

Por ejemplo, parece subyacer, bajo las candidaturas socialistas a las elecciones europeas, la intención no anunciada de convertir, a toro pasado, sus resultados en un ejercicio plebiscitario. Parece que si los ciudadanos, hartos ya de estar hartos, votamos sus listas, van a intentar hacer la torticera interpretación del apoyo de las masas a Rubalcaba. Se nos dice que lo que importa es Europa, pero si les va bien lo quieren traducir en “Alfredo es nuestro ídolo”. Esta cuestión debería quedar palmariamente clara porque si esto huele a truco la consecuencia va a ser que no les vamos a votar.

Análogamente, se nos habla de que en noviembre se van a celebrar unas primarias abiertas para que los votantes potenciales de los socialistas participen en ellas. Pero a la vez se reglamenta para evitarlo. Es evidente que cuanta más gente participe menos posibilidad tiene el aparato de Ferraz para controlar el proceso. Cuanta más gente participe una eventual candidatura de Rubalcaba tendría el resultado que dan todas las encuestas. Pero a quienes no nos importa este proceso en clave interna, lo que nos interesa es que surta el mayor efecto y para ello es necesario una participación masiva. Los intereses particulares de un grupito no pueden cercenar, de saque, la ilusión de los progresistas españoles.

Y en este discurso de no jugar con la ilusión de millones de ciudadanos se debe pedir seriedad y decencia a los posibles candidatos. Hay perfiles que se descartan solos. Por ejemplo, el del líder que no lidera y que no consigue remontar ni un voto a pesar de la debacle del partido del Gobierno. No es serio, en mi opinión, que alguien que no ha sido capaz de gobernar una Comunidad Autónoma —cuya gestión ha conseguido pasar de ser la fuerza más votada a ser la tercera o la cuarta por méritos propios—, pretenda ampliar su ámbito de incompetencia a toda España. Tampoco resulta creíble que una persona que no ha gestionado absolutamente nada en toda su vida, se postule nada menos que para presidir el Consejo de Ministros. Los ciudadanos españoles y nuestros problemas no merecen esta frivolidad.

En definitiva, alguien tendrá que haber que no esté descalificado de origen y que a la vez aúne ilusión, experiencia, competencia y sensibilidad para afrontar los grandes retos que tiene España para los próximos años: libertades, estado del bienestar, recuperación económica y una solución inteligente a la cuestión territorial.

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