Título Original: The color of pain

Autor: Diane Adams

Página de autor:

www.diane-adams.livejournal.com

 

 

 

 

 

 

 

Jared se sentó en el banco fuera de Dairy Queen y observó a la gente pasar por delante. Dairy Queen estaba ubicada en el centro del bulevar de modo que tenía mucho para ver; estaba esperando a que Alex saliera de la librería, lo que podría ir para rato. La gente le miraba a los ojos y sonreía en respuesta a su gesto de saludo, a fin de cuentas, era el sur.

Las chicas lo miraban y se ruborizaban si él les sonreía, no iba a aparecer en la portada de la revista GQ en un futuro inmediato, pero no estaba mal. Así fue que su helado estaba cerca de acabarse antes de que un cuerpo se dejase caer sobre el banco de cemento junto a él. Un brazo familiar lo rodeó por la cintura y una cabeza oscura se interpuso entre él y el cono de helado mientras Alex le robaba un mordisco.

Su compañero se sentó y le sonrió. Jared notó que sostenía, con la mano que no le agarraba, una bolsa cargada de libros. Jared sacudió la cabeza; había renunciado a preguntarse cuántos libros podía leer un solo hombre. Al parecer, la respuesta era tantos libros como hubiera en los estantes y Alex tenía la intención de probarlo.

—Ya veo que encontraste algo —comentó Jared con voz seca. Ignorando el sarcasmo que subyacía en el tono ligero de Jared, Alex sonrió y mordió de nuevo el cono. Le gustaba el helado, pero el cono era su parte favorita. Jared solía dejarlo para él. Alex se acercó por debajo del brazo de Jared. Éste se puso ligeramente rígido; amaba a Alex, pero la disposición de su pareja a poner su relación en exposición pública le hacía sentirse incómodo.

Alex puso la bolsa a los pies y cogió el resto del cono de Jared. Se lo acabó en tan sólo unos pocos bocados. Mientras comía, Jared contempló la multitud una vez más. Las cosas eran menos amistosas de lo que fueron hacía unos instantes, cuando había estado observando a solas. Las personas ya no lo miraban a los ojos; comprendían que eran pareja y entonces se hacían a un lado, como si alguna cosa los hubiera desviado de ellos. Jared sabía que había algo; era el muro gay, casi invisible pero muy eficaz.

En una ocasión un amigo le dijo a Jared que el muro era de ladrillo, como una pintura de Crayola de color rojo-ladrillo. El mal símil hizo reír a Jared, pues conocía bien el muro y no tenía nada que ver con las pinturas. Su color nunca había sido algo tan simple como el rojo.

~*~

Los domingos Jared y Alex acudían a la iglesia. Jared era consciente que era un extraño hábito para permitírselo, pero él creció con los Baptistas del Sur y se le adhirió. Amaba a la iglesia y a la música, y tan cursi como sonaba, amaba a Dios. Fue comprado con un precio, y lo creyó, incluso si no era muy bueno en vivirlo. No siempre estuvo a gusto en la iglesia, pero eso no le espantó. Antes de que saliera le preocupaba que le pidieran que abandonara, pero eso no había ocurrido. No había sello de aprobación de su relación con Alex, pero su joven compañero tuvo la sensatez de no hacer allí alarde de las cosas, de modo que asistieron a una frágil tregua entre ellos y el resto de la congregación.

Jared se dio cuenta que si él y Alex no estaban juntos la gente les hablaba con libertad. Se preguntaba si estar al otro lado de la iglesia de su compañero le hacía menos gay. La idea tenía gracia. Fue menos divertido cuando se reunió con Alex y se volvieron invisibles, ocultos detrás del muro. La gente paseaba a su alrededor a una distancia que no invitaba a la conversación. Era inexacto decir que la gente se comportaba como si fueran invisibles, todo el mundo habría estado menos incómodo si lo fueran. El muro estaba allí, haciendo su trabajo, protegiendo al mundo de la contaminación gay. Era el color del pecado.

 ~ * ~

Casi todos los viernes por la noche Jared y Alex iban al cine y luego a comer. Alex era feliz quedándose en casa, con sus libros y Jared.  Jared era más social y pensaba que era bueno que el hombre más joven saliera de vez en cuando. La película transcurría por lo general sin incidentes, pero a veces el restaurante constituía una lección de moderación. Jared intentaba ceñirse a lugares exclusivos donde el personal era más que probable que estuviera bien preparado pero, aún así, cuando se trataba de un nuevo restaurante siempre había ese momento en que el camarero comprendía que eran pareja. La confusión sobre quién debía ser tratado como el "hombre" era cómica. Alex a menudo le reprendía por reírse a costa de otras personas.

—¿Cómo pueden saber quién está a cargo —se preguntó en cierta ocasión, sus ojos iluminados con un delicioso humor—, cuando no podemos resolverlo nosotros mismos?

No era tan divertido cuando se trataba de mujeres jóvenes que creían que el entusiasmo de alguna manera llevaba implícita la aceptación. Las camareras algunas veces guardaban poca compostura en sus esfuerzos por integrarse con sus clientes. Jared se preguntaba si habría una forma de hacerles saber de antemano que llamar adorable a hombres de treinta y tantos no incrementaba su propina.

—Adorable.

—Lindo.

—Amo a los hombres gay. —Era el muro de nuevo, nunca lo bastante opaco, permitiendo una visión distorsionada de aquéllos en el otro lado. Era el color de la ignorancia.

~ * ~

Alex amaba las librerías y Jared amaba Best Buy; las tiendas de productos electrónicos de cualquier clase eran una delicia, pero estaba especialmente encariñado con ese enorme distintivo azul y amarillo.

—Tienes el cerebro lavado por los medios de comunicación —le dijo Alex más de una vez, cuando Jared lo arrastraba a través de las puertas. El interior de Best Buy -un brillantemente iluminado y cuidadosamente dedicado homenaje a la era electrónica- entusiasmaba a Jared, y ninguna de las burlas de Alex disminuyó alguna vez su encaprichamiento. No importaba lo que fuera a comprar, quería mirarlo todo. Una noche deambulaban por el departamento de TV. Alex estaba prestando más atención que de costumbre debido a que Jared estaba hablando sobre la compra de uno de los grandes televisores de pantalla plana, e incluso Alex tuvo que admitir que se vería espectacular en la pared de la casa.

Las noticias se mostraban en decenas de pantallas, aunque era poca la atención que estaba siendo prestada por la gente que curioseaba.  Las únicas cosas en sus mentes eran color, contraste, de plasma o LCD. Jared y Alex estaban buscando un modelo concreto de buena calidad. El color era brillante y la imagen nítida. El spot publicitario terminó y las noticias llegaron de nuevo; Jared empezó a alejarse distraído por la oferta de un precio más bajo, pero la mano de Alex lo sujetó y tiró de él hacia atrás. Había sido un asesinato. Más gente se detuvo a escuchar. Fue especialmente cruel. La gente alrededor de ellos se giró hacia la televisión, pero la multitud se mantenía apartada de Alex y Jared.

Golpeado hasta la muerte con un bate de béisbol, la víctima sólo tenía 16 años. Mostraron su foto, un hermoso chico con una sonrisa brillante y una mata de pelo rubio de punta. Su asesino tenía 17 años. ¿Su motivación?  Matar al marica.

El espacio vacío a su alrededor parecían yardas aunque en realidad los compradores más cercanos estaban a sólo unos pies de distancia. Alex aferró la mano de Jared.

La gente a su alrededor fingió no darse cuenta. Hubo murmullos de "es una vergüenza". Y otras obviedades similares. ¿A quién le importaba realmente que un chico hubiese perdido la vida por una razón tan absurda? El muro estaba allí, disfrazando la crueldad y la abominación de lo que había sucedido. Hizo de tales actos una vergüenza en lugar de una pesadilla. Era el color del odio.

~ * ~

Jared era mayor que Alex, aunque sólo por unos años y no por el gran abismo de tiempo que Alex pensaba que era divertido pretender establecer entre ellos. La diferencia entre 30 y 35 era insignificante, pero Alex era diferente a Jared. Era un soñador y, a menudo parecía menos consciente de lo que sucedía a su alrededor. Era juguetón y cariñoso. Era hermoso. Había inocencia en sus ojos verdes, incluso a los 30, la cual pocos conservaban más allá de su adolescencia. Amaba la vida, y amaba a Jared con un abandono que hacía las delicias de su pareja.

Jared nunca discutió acerca del muro con Alex. Creía que el optimismo natural de su pareja lo cegaba. Nunca dudaba en ir a cualquier parte con Jared o en expresar sus sentimientos por su pareja. Algunos disfraces son mejores que otros y algunos muros más hábilmente trabajados.

Jared y Alex fueron a casa de los padres de Alex por Navidad. Entraron desde el frío, sacudiendo la nieve de los hombros del otro; el rostro de Alex brillaba por las risas y el sonrojo del aire fresco. En un arrebato de afecto, Jared le dio un beso rápido en los labios. Era inusual en él tener tal gesto en público y los ojos de Alex se iluminaron de alegría. Se giraron de frente al salón, en cuanto se quitaron los abrigos, y se encontraron con una bienvenida más fría que la nieve que habían dejado puertas afuera.

Cuando su madre lo llamó la semana antes de que Alex se mostrase reacio a aceptar su invitación, Jared lo animó. Ahora deseaba haberse quedado en casa. La desaprobación irradiaba de aquellos que los observaban entrar en la casa. A su lado, Alex apretó la mandíbula. Una mujer dio un paso adelante, su sonrisa forzada. La madre de Alex les dio la bienvenida a su casa con torpeza.

—Gracias por venir, hijo —dijo formalmente. No intentó tocarlo—. Vas a tener que perdonarnos. No estábamos esperando ver... quiero decir... que es... —buscaba a tientas las palabras; los ojos fijos en sus manos entrelazadas. Quizás eso era todo lo que el muro le dejaba ver. Alex soltó la mano de Jared y huyó. Llevando sus abrigos el hombre mayor lo siguió fuera. La puerta se cerró detrás de ellos. Nadie fue a llamarlos para que regresaran.

Jared atrapó a Alex y le obligó a ponerse su abrigo. Finalmente sus ojos se encontraron. No hubo lágrimas, pero los ojos de Alex estaban oscurecidos de un modo que Jared nunca había visto antes, y lo supo. Alex no era ciego al muro. Lo veía claramente en todos sus colores.  Él eligió ignorarlo, vivir su vida como si no hubiera ningún muro, y era magnífico en ello. Esa noche su estrategia había fallado y se había topado con él de frente.

—Que se jodan —dijo de pronto—. A la mierda todos.

Jared comprendió que su amante no se refería sólo a su familia. Se refería a todos aquellos que no podían ver más allá del muro; a todos los que permitían que sus ojos se alejasen, o que los aceptaban porque eran una novedad, o que los asesinaban por ser diferentes. Se refería a todas las personas que habían ayudado a construirlo; el muro gay que se interponía entre ellos y el mundo. Era el color del dolor.

 

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Respuestas a esta discusión

Este relato es la vida misma , esperemos para que todos lo tabus vayan cayendo , besos

Es muy bueno y lamentablemente muy cierto en ocasiones.

Este relato es la pura verdad y es una pena.

Precioso relato y cierto.

Sí, señor, a la mierda todos. Con lo bonito que es ver a una pareja besarse en la calle, sea del sexo que sea. Y ¿no debería una madre alegrarse de que su hijo es feliz con la persona a la que quiere? A la porra. Vivan los colores del arco iris.

Como la vida misma. Gracias por el relato.

Precioso relato sobre la incomprensión que sigue existiendo en relación a ver a dos personas del mismo sexo en actitud cariñosa.

Es la pura verdad, todavía hay gente así, incluso familiares que no ven o no quieren ver que las personas se enamoran y ese amor no entiende de sexo, raza o condición.

estee relato es la realidadd es lo que pasa hoy en dia...!!!

gracias por este relatoo!!!

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