Autor: Deanna Wadsworth

Título Original: Unscheduled Maintenence

Página de autor: www.deannawadsworth.blogspot.com.es

 

Geoffrey gruñó, haciendo una mueca mientras se esforzaba para conseguir lo que deseaba tan desesperadamente. Una solitaria gota de sudor recorrió un camino por la frente y se quedó sobre su ceja, a un milímetro de arderle en los ojos. Se estiró hacia su premio. El labio inferior atrapado entre los dientes, concentrándose más. —Sólo... un... poco... un poquito... ¡Ay!

Sacudiendo la mano quemada, se chupó el dedo lastimado. —Maldita bombilla.

Con cuidado se bajó de la mesa, lamentando haber decidido quitarse los zapatos, porque con los calcetines se resbalaba. Pero no quería rayar la madera de caoba, así que sólo tendría que tener cuidado en no caerse y romperse el cuello. Eso sería arruinar sus planes. Cogió una toalla de su baño privado y regresó a su proyecto de sabotaje.

Había supuesto que la bombilla sería fluorescente, por lo que la quemadura le había sorprendido. La lámpara debería ser del tipo de bajo consumo, no de las baratas del hogar.

Añadiría eso a la lista de cosas sobre las que pensaba hablar con Cole McCarthy.

El despacho de abogados de Geoffrey ocupaba la mitad de la planta superior de la Torre Dennison. Cole McCarthy supervisaba a los seis hombres del equipo de la administración inmobiliaria, encargados del mantenimiento del edificio de treinta pisos. Geoffrey y sus socios pagaban un alquiler desorbitado para estar en la zona exclusiva de Seattle junto a sus clientes preferidos y, de la vista de la ciudad, del  papel higiénico y de las bombillas, esperaban lo mejor. Y se suponía que Cole debía asegurarse de ello.

Bombillas baratas, efectivamente. «Espera a que le ponga las manos encima a ese hombre».

Su sangre corrió ante la perspectiva, calentándole la piel y enviándole un cosquilleo por su ombligo y justo debajo. Lo contuvo y se subió con cuidado sobre la mesa. Esta vez, armado con una toalla, quitó la bombilla sin daños a su persona. La sacudió hasta ver agitarse los filamentos.

Cuando la volvió a enroscar, dejó escapar un triunfante, —¡Ja, ja!

No hay luz.

Bajándose, volvió a colocar la toalla y a ponerse los zapatos. Después de poner su escritorio en orden, respiró hondo y pulsó el intercomunicador. —¿Tiffany?

—¿Sí, señor Winters?

—Tengo que hablar con McCarthy, de mantenimiento. Hay una luz fundida en mi techo.

—Puedo ocuparme de eso por usted —se ofreció.

—No, gracias, Tiffany. Estoy cansado del trabajo de mala calidad que hace su personal. Quiero hablar con él personalmente.

—Por supuesto, señor Winters. Un momento, por favor.

Mientras Tiffany le comunicaba con Cole, aprovechó la oportunidad para acicalarse. Su cabello negro, que mantenía bien cortado y engominado, no se había revuelto con tanto movimiento, gracias a Dios. Después de centrar el nudo Windsor de su corbata, se puso los tirantes en una posición más cómoda. Pensó en ponerse la chaqueta, pero el azul de su camisa de etiqueta marcaba sus anchos hombros y el abdomen plano en el que había estado trabajando tan diligentemente en el gimnasio. Y quería que Cole lo notara.

Sabía que era una locura. Desesperado incluso podría ser una palabra más adecuada. Pero no podía evitarlo. Desde el primer momento que había conocido a Cole, hacía ya un año, se había sentido salvajemente atraído por él. Siempre inventando nuevos problemas en la oficina que requerían de su atención personal. Aparcaba su Jaguar en el parking sur, cerca de la oficina de gestión de la propiedad. Cualquier cosa que se le ocurriera para echar un vistazo a Cole McCarthy, a pesar de que sospechaba que las artimañas no iban a poder mantenerse por más tiempo.

Por el amor Dios, Tiffany era cualquier cosa menos ineficiente. El intercomunicador chisporroteó cuando entró en la línea unos minutos más tarde. —Señor Winters, tengo al gestor de la propiedad en la línea uno para usted.

—Gracias, Tiffany. —Tomó el auricular, sin sorprenderse por su mano temblorosa—. ¿McCarthy? —se aclaró la voz, satisfecho de que sonara firme.

—¿Sí, señor Winters? —La seductora voz de Cole no dejaba de golpearlo justo donde contaba. Directamente en la ingle. La profunda voz de barítono era casi grave, con un toque de sarcasmo.

—Tengo un problema.

—¿Y nadie puede arreglarlo excepto yo? —conjeturó la voz sensual al otro lado de la línea.

Maldita sea, de nuevo el sarcasmo. Lo que daría por joderlo. Por desgracia, eso no sucedería hoy. Bueno, al menos no lo creía. Su polla se hinchó y se removió en la silla. Este juego que habían estado jugando desde el primer día en que Cole llegó a su oficina para reparar el lavabo del baño -un juego lleno de insinuaciones y sutilezas- le ponía tan caliente que, a veces, apenas podía concentrarse.

—Sí, para eso se le paga ¿no? —Geoffrey hizo una montaña de su propia actitud.

Podía imaginárselo arqueando la ceja izquierda irritado. Cole técnicamente no respondía ante él, pero parte de su trabajo incluía mantener a los inquilinos contentos. Y a Geoffrey, darle órdenes, le hacía definitivamente muy feliz.

Tras una larga pausa, Cole, finalmente le preguntó: —¿Qué es lo que necesita, señor Winters?

—La bombilla que hay justo sobre mi escritorio está fundida. Sin duda, porque está reduciendo costes utilizando las del tipo más barato. Lo quiero solucionado inmediatamente. Tengo una conferencia importante a las cuatro que aún tengo que preparar. Mientras que usted y sus hombres deambulan por el edificio fingiendo parecer ocupados, el resto de nosotros estamos moviendo el culo, ¿sabe? No tengo tiempo para este tipo de incompetencia.

Le siguió otro largo silencio. Geoffrey pensó que quizás había sido un poco duro. Pero ahora ya no podía echarse atrás. Una demostración de sumisión sólo arruinaría sus planes.

—Subiré ahora mismo, señor Winters.

 ~ * ~

Geoffrey se quedó sin aliento cuando Tiffany le indicó a Cole, que llevaba el cinturón de herramientas colgado casualmente sobre el hombro, que entrara a la oficina. Esforzándose en llevar una escalera de ocho peldaños color naranja, Cole le dio las gracias por sostenerle la puerta abierta. Una gorra de color azul marino le cubría el cabello rubio y desgreñado, lo que le hacía aparentar más joven que los treinta años que Geoffrey sabía que tenía. Ni se había abrochado la camisa blanca de manga corta con su nombre cosido encima de la mitad de bolsillo, parecía como si se la hubiera puesto sobre la camiseta gris sin mangas en una idea de última hora.

Los ojos marrones, que parecían siempre brillar divertidos, como si Cole fuera la parte de una broma secreta, fueron hacia la bombilla fundida sobre la mesa. Luego miró la brillante luz del sol que entraba por los grandes ventanales. El día soleado, algo inusual para Seattle  incluso en julio, convertía el tono rojizo de las paredes en un acabado en oro pálido.

—Supongo que realmente tenemos un problema.

Geoffrey frunció los labios. Tenía ese sarcasmo de nuevo.

—Sí, y usted me tiene esperando.

Cole arqueó una ceja.

¡Dios, cómo le gustaba eso!

También le gustaban los tatuajes coloridos que tenía en el brazo derecho. Los tatuajes que se recordó no comer con los ojos mientras trabajaba. Sin embargo, la ojeada a un tatuaje tribal en el brazo izquierdo hizo que Geoffrey deseara deslizar sus dedos sobre el brazo y explorar el resto, aprendiendo de memoria todos los intrincados detalles mientras se aprendía el significado de cada imagen que tuviera Cole.

—¿Necesita algo más, señor Winters? —Tiffany esperaba pacientemente en la puerta.

—No, gracias, Tiffany. Por favor, cierre la puerta al salir.

Cole arqueó la ceja por la sorpresa, pero Tiffany no puso en duda las instrucciones, se dio la vuelta y se fue.

Cuando la puerta se cerró y estuvieron finalmente a solas, Cole dejó de lado la cortesía. —Voy a necesitarle para mover y colocar la escalera.

Geoffrey saltó de su silla, poniéndose colorado por su rápida obediencia. Sin embargo, hizo una pausa a mitad  de camino antes de terminar de apartar la silla, cuando vio la sonrisa bailando en los llenos y besables labios de Cole. Recuperando alguna apariencia de dignidad, dejó la silla donde estaba sentado. No podía dejarlo tomar la iniciativa sin al menos un poco de resistencia.

Cole ladeó la cabeza con curiosidad cuando vio que no se movía de la silla.

—No muevo muebles.

Ese tono burlón pilló a Cole con la guardia baja y arqueó la ceja izquierda. Geoffrey podría decir que Cole no se lo esperaba. Tragando saliva, su polla serpenteaba ligeramente por los pantalones. Maldita sea, le gustaba el sutil tono sexual de sus encuentros.

Cuando Cole movió la silla y abrió la escalera, Geoffrey se sirvió dos dedos de whisky. Cogió un documento y se plantó en el sofá de cuero  frente a la ventana, fingiendo que leía mientras a escondidas observaba el espectáculo que había organizado. El whisky quemó en su garganta, llenándolo de un calor que le corría por las venas y se dirigía directamente a su entrepierna.

—Su oficina es muy calurosa —observó Cole después de volver del cuarto de baño con una bombilla del armario. Observó con perverso placer que era otra bombilla barata que probablemente se quemaría en unas pocas semanas.

Eso significaba que Cole tendría que volver.

—Tal vez debería revisar el aparato del aire acondicionado —sugirió Geoffrey por casualidad, como si no hubiera estado revisándole el culo.

—Quizás debería.

Al volverse hacia Geoffrey, Cole se desabrochó la camisa blanca y la arrojó a la silla. Las axilas estaban sudadas y el deseo de enterrar la cara en la prenda para inhalar profundamente la esencia del hombre lo sobrecogió. De repente se le secó la garganta por el deseo y tomó un buen trago de whisky. Conteniendo un grito ahogado por la  quemadura en la nariz y la garganta, se alegró de que su torpeza hubiera pasado desapercibida.   

Nadie le afectaba como lo hacía Cole McCarthy. Y la forma en que subió los peldaños de la escalera, con movimientos lentos y sensuales, sólo empeoró las cosas. Rápidamente cruzó una pierna para ocultar su creciente erección. Nunca entendería cómo ese hombre podía hacer que la tarea más inocua fuera sexy. Cole sostenía la nueva bombilla con su boca para que sus manos estuvieran libres y subir la escalera de forma segura. Los labios oscuros envueltos alrededor de la bombilla, le hizo a Geoffrey desear ver esos mismos labios succionando una de sus bolas. Maldita sea, le gustaba tener sus bolas succionadas, tirantes.

Bien, ahora ya estaba realmente duro.

Los largos y tatuados brazos de Cole se extendieron hacia arriba, alcanzando fácilmente la bombilla fundida. Tenía grasa ensuciando las rodillas de sus Carhartts[1]. Se habría puesto los pantalones de lona color caramelo sobre sus vaqueros porque habría estado trabajando en algo sucio. La excitación le recorrió la columna vertebral sabiendo que el hombre había dejado todo lo que estuviera haciendo cuando Geoffrey exigió su presencia.

Sin saber que era el personaje principal, Cole desenroscó la bombilla fundida. Geoffrey tuvo que morderse el interior de la mejilla para detener el gemido cuando se le subió la camiseta, mostrando unos abdominales esculpidos y una línea de vello oscuro asomando tentadoramente por debajo de sus pantalones vaqueros. Maldita sea, el hombre era un hermoso ejemplar.

La tarea duró menos de cinco minutos y, aunque, obviamente, la nueva bombilla funcionaba, Geoffrey se acercó a inspeccionar el trabajo. De pie, a poco más de un metro de Cole, el olor de su sudor le afectó tan profundamente que la firmeza de su voz lo sorprendió.

—Esto ya está mejor.

—¿Sabe lo que sería aún mejor? —preguntó Cole.

—¿Qué?

—Que me tratara con respeto.

El estómago se le subió a la garganta. Nunca antes había oído esa particular nota de irritación en la voz de Cole.

—¿Cómo dice?

—Ya me ha oído, señor Winters.

El calor atravesó sus extremidades cuando el hombretón dio un paso acercándose. Sintiéndose como una presa acorralada, los pies de Geoffrey se quedaron clavados en el suelo.

—¿Tiene alguna idea de lo que estaba haciendo cuando me llamó para cambiar una bombilla? —Avanzó de nuevo, hasta que estuvieron a menos de un pie de distancia.

Su dominante presencia hizo que la polla de Geoffrey reclamara su atención, una inesperada oleada de líquido pre-seminal humedeció sus boxers.

—Yo soy el jefe. Usted debe venir cuando lo llamo —bramó, levantando la barbilla en un débil intento de recuperar el poder que había perdido. Sin embargo, cuando pensó en ello, se dio cuenta de que en realidad no quería recuperar el control. No esta vez.

—No soy su perrito faldero —espetó Cole—. Y la última vez que lo comprobé, usted no firmaba mis cheques.

La nuez de Adán en su garganta rodó cuando Cole se alzó sobre él, tan cerca que el calor de su cuerpo casi le quemó.

—¿Sabe qué es lo que creo que voy a hacer?

Geoffrey negó con la cabeza, el corazón latiéndole acelerado y la polla dura como una piedra.

—¿Qué? —maldita sea, su voz chirrió. Se aclaró la garganta—: ¿presentar una queja al propietario del edificio?

Una sonrisa maliciosa cruzó el rostro de Cole, sus siguientes palabras estaban cargadas de burla sarcástica. —No señor Winters. Me gusta arreglar las cosas por mí mismo. Y la única manera que veo de que usted y yo resolvamos esto es si se inclina sobre el escritorio y menea su pequeño culo redondo.

Un escalofrío violento atravesó el cuerpo de Geoffrey. Nunca, en sus sueños más locos, había esperado que Cole le dijera eso. Tampoco había esperado que lo pusiera tan malditamente caliente.

Los labios de Cole se curvaron en una sonrisa. —Hmmm. Le gusta esa solución, ¿verdad?

Su cabeza se balanceó arriba y abajo, aunque no recordara haber dicho que sí.

El estruendo de su profunda risa provocó que se filtrara más fluido por la polla de Geoffrey. —Eso pensaba yo. Entonces tal vez le folle hasta que aprenda buenos modales.

Fue una maldita buena cosa que Cole le agarrara por los hombros, porque sus rodillas cedieron bajo el peso de esas malvadas promesas. El otro hombre pegó su boca sobre la suya, la lengua probando posesivamente. Gimiendo bajo la repentina intensidad, se aferró a Cole y se entregó, sabiendo en el fondo de su mente que ese gesto le otorgaba al hombre más que permiso para besarlo.

Le cedía el control total.

Arqueándose ansioso bajo el hombre más grande, emitió un desesperado sonido desde el fondo de su garganta. ¡Dios, esto era exactamente lo que había deseado! ¿Cómo lo había sabido Cole si ni siquiera él mismo lo sabía?

Cole finalizó la batalla de lenguas, pero los labios de Geoffrey lo siguieron. El hombre se rió entre dientes, el poder deshaciendo sus entrañas. —Parece que a alguien le gusta que le digan qué hacer.  

Estaba asintiendo de nuevo, maldita sea, pero no podía evitarlo. Amaba este salvaje cambio en el normalmente frío y reservado comportamiento de Cole. Cuando Cole lo soltó y retrocedió para cerrar la puerta, Geoffrey realmente gimió, gimió como una niñita.

Cuando Cole regresó, le dio una orden, seguro de su rápida obediencia. —Primero vas a chuparme la polla. Ahora, ponte de rodillas.

Sin dudarlo, se dejó caer al suelo en cuanto Cole se abrió la cremallera y se bajó la parte delantera de sus pantalones vaqueros. Metiendo la mano por el borde sus calzoncillos a rayas color púrpura,  Cole sacó su rígida polla. Dejando sus bolas dentro, movió el eje en invitación. —Venga, hazlo. Ya sabes lo que quiero.

Geoffrey nunca había querido algo más en toda su vida.

Igual que un ternero hambriento, su boca persiguió esa polla larga, tiesa, y después, también, con la lengua. Cole se burló de él por un minuto, manteniendo el premio fuera de su alcance. Luego la liberó, sosteniéndola directo hacia él. Con un gemido, tomó la polla que le ofrecía, haciéndosele la boca agua.  Lamió la suave cabeza y luego se tragó la mitad de la longitud. La saliva goteaba libremente de sus labios bajando por el eje, lubricando sus dedos. Cuando ya los tenía empapados y podía bombear la mano al ritmo de su boca, Cole comenzó a empujar.

—Eso es —dijo Cole, el tono autoritario atenuado ligeramente por la lujuria—. Chúpala como tú sabes. Como la pequeña puta que pretendes no ser.

Joder, seguro que estaba disfrutándolo. Había pasado mucho tiempo desde que Geoffrey había estado tan duro. La forma insultante en que Cole le habló casi lo llevó hasta el borde. Movió la mano para desabrocharse los pantalones y soltar su polla.

—No te atrevas a tocarte.

La dura orden sorprendió a Geoffrey. Liberándolo, le echó a Cole una mirada suplicante. No lo diría en serio, ¿verdad?

Cole chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.

—No me mires así. No vas a tocarte hasta que yo te lo diga. Y será mejor que no te corras en los pantalones tampoco. ¿Lo entiendes?

Asintió sin saber si sería capaz de obedecer la última orden. Estaba listo para correrse desde ese beso. Cole se apoderó de su nuca y tiró de él hacia adelante.

—Ahora vuelve al trabajo. Chúpame la polla.

Geoffrey, se obligó a asentir, gimiendo y montando un lío baboso en su cara y en los calzoncillos de Cole. Lo chupó y lamió, disfrutando del sedoso calor de la polla en su boca, en su lengua y en su puño.

—Oh, sí —gimió Cole, con una mano lo tomaba de la nuca conduciéndolo dentro de su boca con movimientos lentos y estudiados—. Eres una puta para mi polla. Chúpala más fuerte, chico.

Una visceral emoción de deseo lo atravesó directamente por la espalda y sintió que sus bolas se tensaban. Maldita sea, cada vez que el hombre hablaba ponía a Geoffrey más caliente. Sus caderas empezaron a hacer pequeñas ondulaciones. La sensación de los dedos de Cole masajeándole el cuero cabelludo y la caliente polla entrando y saliendo de sus labios una y otra vez, le había hecho aumentar el movimiento sin darse cuenta. Si seguía así, la misma tela de sus calzoncillos rozando la cabeza de su polla, lo haría correrse, a pesar de la prohibición de Cole.

—¿Qué crees que dirían las personas del edificio si pudieran verte ahora? —quiso saber Cole—. ¿Si te vieran sobre tus rodillas chupándomela?

Geoffrey no pudo responder, no quiso. Porque maldita sea, la idea lo excitó. Su respuesta fue abrir la garganta y tomar a Cole hasta la raíz.

—¡Oh, mierda! —susurró Cole y Geoffrey se entusiasmó cuando el hombre más grande se estremeció—. Esto es bueno. Chúpala —susurró antes de volver a empujarlo—. Te paseas por el edificio como si fuera tuyo. Y nadie sabe lo que realmente te gusta. Que no eres más que una puta lame pollas. Pero yo lo sé. Siempre lo he sabido.

Cuanto más se reía de Geoffrey más dura se le ponía la polla en su boca. Nunca hubiera imaginado a Cole hablando tan sucio. Joder, tampoco se habría esperado que le gustara que le llamaran puta-lame-pollas.

Pero maldita sea, le encantaba.

Cole siguió con su empuje lento, estableciendo su ritmo y controlando toda la escena. —Te gusta estar de rodillas frente a mí, ¿verdad? Siempre has querido que un hombre te ponga en tu lugar. Que te haga su puta. Solo que nunca has tenido las pelotas de pedirlo.

La vergüenza se apoderó de él y dejó de chupar. Con el corazón latiendo salvaje, la idea de mirar dentro de aquellos ojos marrones le aterrorizaba. Unos ojos que podían ver profundamente dentro de su alma, sacando a relucir todo aquello que Geoffrey había intentado ocultar a los demás: su necesidad de dejarse llevar completamente. Pero con Cole no se molestó en disimular el llanto en su voz. De todas formas, no habría funcionado. —¿Cómo lo sabes?

—Shhh —le susurró Cole, su gran mano acariciando a Geoffrey, tranquilizándolo. La vergüenza y la tensión fueron desapareciendo. Cole le entendía. Tal vez siempre lo había entendido.

Algo húmedo golpeó su mejilla varias veces, atrayendo su atención de vuelta.

Cole le palmeó ligeramente con su polla. —Dilo, Geoffrey.

Parpadeó sorprendido. —¿Qué diga qué?

La húmeda cabeza golpeó su rostro otra vez. —Dime que eres una puta-lame-pollas, Geoffrey. Dime que quieres ser mi puta.

Apartó la mirada, incapaz de mirarlo. El calor quemó desde su cuello, abrasando su rostro con vergüenza. Irónicamente, su pene se movió nerviosamente y se dio cuenta del pre-semen que había estado goteado en un flujo constante y que había hecho una húmeda mancha en la parte delantera de su pantalón. Con los labios hinchados por la succión, las mejillas mojadas con su propia saliva, sentía la lengua del doble de su tamaño normal. No podía hablar.

—Geoffrey —advirtió, haciendo rodar la cabeza de su polla en húmedos círculos por su mejilla y sus labios.

Su boca siguió por instinto a esa polla mientras se retiraba y Geoffrey dejó de fingir. —Soy una puta-lame-pollas. Quiero ser tu puta.

Cole dejó escapar una risa suave. —Dilo otra vez.

—Soy una puta-lame-pollas —dijo, una nota distintiva de mendicidad en su voz—. Quiero ser tu puta.

—Entonces de pie, desnúdate.

Geoffrey se puso de pie, quitándose los zapatos y la ropa. Al bajarse los pantalones se dio cuenta de que Cole no se había quitado aún nada de su ropa. El brillo en sus ojos le hizo detenerse. No le gustaba la idea de estar completamente desnudo, mientras que Cole seguía estando vestido.

Cole notó su vacilación. —¿Por qué te detienes? Eres mi puta. Haz lo que te digo.

Un rubor le atravesó por el rostro y el pecho desnudo. Pero decidió que confiaba en Cole. Bueno, al menos pensaba que lo hacía. Se conocían desde hacía un año. Pero nunca había visto este lado de él. Como despertando ante el repentino cambio ocurrido entre ellos, Geoffrey se asustó de lo rápido que había aceptado la obediencia a Cole. No había puesto ninguna resistencia. Necesitaba esto. Necesitaba la experiencia de otro hombre dominándolo.

Completamente desnudo, Geoffrey se inclinó cuando Cole le ordenó que pusiera los codos sobre el escritorio y el culo al aire.

—¿Qué eres...?

Un ligero golpe sobre su nalga desnuda cortó la pregunta. Geoffrey soltó un pequeño grito de sorpresa. Sin embargo, su furiosa erección desmentía cualquier clase de quejido de protesta. Oscura y casi morada, una solitaria gota de líquido pre-eyaculatorio colgaba de la punta antes de gotear sobre la alfombra.

Cole se le acercó por detrás, su cálido aliento en su cuello desnudo. —¿Quieres esto, verdad?

Asintió una vez, su orgullo no le permitía verbalizar aquellos deseos ocultos.

Riéndose, se apoderó de la polla de Geoffrey. Se quedó sin aliento, su necesidad aumentó golpeándolo en el estómago. El raspón áspero de una mano callosa hacía círculos en su culo. El miedo y la ansiedad lucharon en su interior, era como ir cuesta arriba en una montaña rusa. No podía decidir si quería echar a correr o dejarse llevar, alzar las manos al aire y gritar de la emoción.

Cole no le dio la oportunidad de decidir. Todavía agarrando la base de su pene, le dio una palmada sobre su culo.

—¡Mierda, Cole! —gritó cuando golpeó—. ¡Eso duele!

—Tranquilo putita. Sabes que te gusta. —Se rió y volvió a hacerlo.

Gritó. Nunca antes había sido azotado y, en realidad, no sabía si le gustaba. Picaba, no sólo en el culo, si no también en su orgullo. Cole le dio la tercera palmada directamente bajo su raja, por sus bolas, haciendo que se retorciera. Sin embargo, su pene se puso duro, como si amara el humillante acto de ser azotado como un escolar travieso.

—¿Señor Winters? —se oyó la voz de Tiffany por el intercomunicador—. ¿Se ha hecho daño? Creo haber oído algo.

—¡Mierda! —¿cómo diablos iba a explicar esto? Mejor aún, ¿qué cojones le pasaba a él, dejando que el hombre de mantenimiento le pegara en su oficina con Tiffany al otro lado de la puerta?

Cole puso el dedo sobre el botón “hablar”. —Dile que todo está bien.

Dudó. Si no quería que las cosas fueran más lejos, podría decirle a Tiffany que saldría en un minuto. Así Cole se vería obligado a irse. No volvería a azotarle… pero nunca sabría qué más le tenía reservado.

Cole le dio un pellizco a su polla, tomando la decisión por él. Asintió y Cole apretó el botón del intercomunicador.

—Perdone, se me ha caído algo. No se preocupe —le dijo Geoffrey  a su secretaria.

Arqueando una ceja divertido, Cole parecía impresionado por el tono tranquilo y profesional que logró manejar, con su culo desnudo al aire.

—Está bien —Tiffany no sonaba como si se lo hubiera creído—. ¿Está seguro?

Tuvo que morderse los labios para gruñir: —Estoy seguro.

Quería decirle que se fuera a casa temprano, pero decidió no hacerlo. La excitación de ser descubierto, de tener que ser extremadamente silencioso, lo ponía más caliente.

—Bien, putita —le susurró Cole—. Ahora te voy a azotar diez veces y vas a ser lo más silencioso posible. ¿Crees que podrás hacer eso por mí?

Sabiendo que realmente debía de ser una putita, Geoffrey asintió con fervor, con los labios fruncidos con determinación. Cuando Cole lo liberó, tomó un muy necesitado aliento.

Si hubiera pensado que serían como los tres primeros azotes, habría sido un error. Cole le dio otras diez palmadas, cinco en cada mejilla. No se contuvo, aunque tenía que saber que Geoffrey nunca antes había sido azotado. Tenía el rostro crispado con las lágrimas humedeciendo sus mejillas mientras se mordía los labios para no gritar. Se le escaparon unos gemidos mientras que desesperadamente contaba cada golpe, esperando que acabara.

Cuando terminó, Cole estaba sin aliento. Agarró la polla de Geoffrey y le dio unos cuantos toques, masajeando su culo con la otra mano. —Dios, tu culo me pone tan caliente. Quiero follarte.

La impaciencia se apoderó de Cole. —¡Dios sí, por favor!

Cole se rió. —¿Lubricante?

—En el cuarto de baño, debajo del lavabo. —Su agujero palpitaba de anticipación.

Intentando calmar su ritmo cardíaco, se limpió la humedad de sus mejillas, dejó caer la barbilla a su pecho y tomó unas cuantas respiraciones profundas por la nariz mientras esperaba a Cole. Su culo le picaba, pero como si se burlara de él, su pene había permanecido totalmente erecto durante la azotaina. Quizás incluso se había puesto aún más duro.

Maldita sea, ¿qué estaba mal con él?

Un golpe sobre la mesa sorprendió a Geoffrey. —Mira lo que he encontrado.   

Se apoderó de él un sofoco, como ninguno hasta ese momento, cuando vio la caja marrón. Sabía cuál era su contenido, y aparentemente, Cole ahora también. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido como para olvidarse?

—¿Bolas anales? —Cole ahogó una risa y estiró del cordel—. ¿Tapón anal? ¿Vibrador? No sabía que fueras tan jodidamente pervertido.

—Cole, puedo explicarlo… —comenzó, pero enseguida se dio cuenta de que no podía.

Todo el humor en la voz de Cole desapareció cuando cogió el consolador rojo de diez pulgadas y luego lo dejó caer, mirando con acusación a Geoffrey. —¿Has follado con otros hombres en tu oficina con toda esta mierda?

—No, no... —su garganta se hizo un nudo por la humillación y miró hacia otro lado. ¿Cómo podía decírselo?

       El rostro de Cole se iluminó como si hubiera descubierto un secreto. —¡Oh! ya lo entiendo. Te sientas aquí y te masturbas ¿no?

Asintió, descubierto, su rostro en llamas.

—Cuando me has dicho que trabajabas duro moviendo tu culo, no sabía que era esto a lo que te referías. Que estabas aquí divirtiéndote mientras yo sudaba mi polla haciendo funcionar tu aire acondicionado para que pudieras estar fresco y confortable mientras te metías esto… —levantó un gran tapón anal frente a su cara— …por tu culo.

—Cole, por favor —rogó. Nunca habría querido que el otro hombre descubriera su secreto. Ahora Cole tenía incluso más poder que antes. Y esa idea, a la vez que lo humillaba, lo excitaba. Más de lo que debería.

—Lo bueno es que tienes todo tipo de lubricantes en tu cajita de juguetes  —añadió, pareciendo disfrutar del placer de avergonzarlo—. Ahora, separa esas cachondas y bonitas nalgas y ábrelas para mí,  para que pueda lubricar tu culo.

La orden lo hizo estremecerse y obedecer, se estiró hacia atrás y tomó sus ardientes nalgas. Las separó, extendiendo su agujero, haciendo que el placer en su interior se mezclara con la expectativa. Otra palmada en su culo no le sorprendió, pero gritó igualmente. 

Riéndose, Cole se echó un chorro de lubricante en la mano. —Voy a follarte tan bien que no vas a saber qué te golpeó.

—Por favor, sólo deja de hablar y hazlo. —Alzó más su culo, extendiendo las nalgas casi hasta el punto de dolor.

Cole emitió un bajo gemido en aprobación y fácilmente deslizó un hábil dedo en su agujero. —Mmmm, está estrecho.

Haciendo rodar su dedo en círculos, fácilmente encontró el punto de Geoffrey, manipulándolo exactamente como a él le gustaba. Liberó sus nalgas para atraer más a Cole pero éste tenía diferentes ideas. Le propinó otro manotazo en el culo. —¡Eh, no! Mantenlas separadas.

Gimiendo, obedeció, rodando sus caderas al ritmo de las incursiones de Cole, haciendo que el único dedo entrara increíblemente profundo. Otros dos dedos probaron traspasar su barrera y se tuvo que morder la lengua para no gritar. El pulgar de Cole presionaba entre sus bolas, provocándolo maravillosamente mientras sus dedos se enterraban en su interior, pulsando sobre su próstata. Una oleada de placer atravesó su saco y su pene se tensó por el contacto. Sus piernas temblaban por cargar con su peso y de su polla se filtraba un largo goteo de pre-semen.

—Oh, mierda, Cole —jadeó cuando su amante se retiró y después se volvió a zambullir—. Voy a correrme.

Una mano salió de la nada y le apretó fuerte la base de su eje, cortando el creciente orgasmo. —¡No te atrevas a correrte, pequeña puta, no te atrevas!

Geoffrey se soltó las nalgas y cayó sobre la mesa, su cuerpo temblaba por la detención de la expulsión de semen. Quería llorar, la denegación del orgasmo lo hacía sufrir tan jodidamente bien. —¡Oh, por favor, Cole! ¡Sólo fóllame! No puedo soportarlo más.

Con una sonrisa arrogante, atenuada por el hambre, Cole sacó sus dedos, sin liberar la polla de Geoffrey. Suave y caliente, la polla presionaba contra él y apoyó los brazos sobre el escritorio. Inclinó sus caderas hacia atrás y empujó su estirado esfínter para permitir que el pene del hombre grande se deslizara en casa. Se deleitaba con el delicioso dolor de la cabeza asomando en el interior, permitiendo a su cuerpo engullirlo.  

En menos de tres embestidas, Cole tuvo su caliente y lubricada polla enterrada hasta las pelotas. Se apoderó de las caderas de Geoffrey con una mano y con la otra le acarició la polla. Un estremecimiento de placer le recorrió la espalda, pero no alcanzó la fruición. Cole se refería a eso cuando le dijo a Geoffrey que no se corriera. Agarró su polla por la raíz, utilizando su asimiento como palanca para atraerlo a medio camino hacia dentro y después hacia fuera.  Las caderas de Geoffrey se movían por sí solas, encontrándose con los empujes de Cole. Esa cabeza desnuda apuñalaba su próstata con cada empuje. La agonía de la negación del orgasmo sólo hizo que el miembro que se deslizaba dentro y fuera, los húmedos sonidos de succión y los gruñidos de Cole, fueran mucho más intensos.

—Por favor, deja que me corra —se quejó, incapaz de creer que había sido reducido a esto. Las lágrimas corrían por sus mejillas y pensó que si no podía liberar su carga, explotaría—. ¡Por favor!

—No —gruñó Cole, golpeando más rápido, más duro.

Eso era todo lo que Geoffrey podía hacer. A pesar del agarre estrangulado de Cole en la base de su polla, sus bolas se contrajeron y la sangre le latía en el eje, que goteaba. Justo cuando pensaba que no podía aguantar más, sintió las caderas de Cole embistiendo en un ritmo familiar mientras se preparaba para correrse.

Cole se estremeció, golpeando mientras se corría en una fuerte explosión. Los dos hombres gemían juntos cuando el calor líquido inundó el interior de Geoffrey. Cole impulsó las caderas ante las últimas oleadas del orgasmo, los suaves empujes de su polla resbalando fácilmente con la humedad adicional. Geoffrey apretó el culo para que fuera mejor para su amante, lo ordeñó hasta la última gota. No había nada comparado al olor de un hombre corriéndose en su culo y la sensación cruda y masculina de sentir el semen saliendo de su cuerpo.

—Ha sido muy caliente —jadeando con la euforia posterior a la follada, Cole le acarició la espalda con la palma de su mano libre, masajeándolo. Presionó sus calientes labios contra su columna, intentando recuperar el aliento. Los suaves toques reforzaron a Geoffrey que ese rol había sido solo otra etapa más de sus juegos. Un juego del que nunca se cansaría.

—Um, ¿Cole? —Su amante todavía lo sostenía en un férreo control, su polla de un púrpura oscuro y lista para estallar.

—Respira hondo y cálmate, nene —le dijo, su sentido del humor regresaba ahora que había terminado—. Eso no va a suceder.

Geoffrey soltó un sollozo. —Pero, Cole...

Esa risita llenó el aire una vez más, cuando Cole, con cuidado de mantener el control sobre la polla de Geoffrey, sacó su dolorida polla para que la sensación no le causara un orgasmo sin darse cuenta. Apenas pudo reprimir el estremecimiento. Se giró a abrazarlo, a rogarle al hombre sexy que había dejado su semen en su interior que lo dejara correrse, pero Cole se apoderó de sus caderas.

—No, no… No tan rápido. —Estirándose más allá Cole cogió algo de la caja de juguetes—. No he terminado contigo. 

Un estremecimiento atravesó a Geoffrey y esperó que lo llenara. Tal vez conseguiría correrse, después de todo.

Se quedó sin aliento cuando el frío plástico presionó en su agujero. El esperma y el lubricante facilitaban su entrada, y sólo cuando el juguete ya había sido colocado profundamente en su interior, fue cuando Geoffrey se dio cuenta de lo que había sido insertado en su culo.

Un tapón anal.

¿Qué estaba haciendo Cole? ¿Por qué no lo follaba con el vibrador o con el consolador rojo?

Pensó hacerle esas preguntas, pero Cole colocó una mano en el abdomen de Geoffrey y lo atrajo hasta que su espalda presionó el frente de Cole. La acción movió el tapón deliciosamente más profundo y Geoffrey gimió, sus piernas le temblaban. Una fuerte sensación de deseo zumbó desde la base de su columna hasta sus bolas. Sólo una caricia y se correría.

Cole cruzó su gran brazo sobre los brazos de Geoffrey, bloqueando el inconsciente acceso de sus manos a su polla.

—No tan rápido, amor. Vas a dejarte esto hasta que termines hoy de trabajar. Y tampoco se te permite correrte.

Sintió un principio de pánico y se giró para verse cara a cara con su amante, con lo que se movió el tapón y envió sacudidas de placer a través de su culo. —No, Cole. ¡No puedo!

Presionando un dedo contra sus labios, le besó la punta de la nariz hasta que se tranquilizó. —Puedes, y lo harás, Geoff. Cuando lleguemos a casa y lo saque, quiero ver mi semen en tu culo. Entonces, cuando te folle de nuevo, dispararás una enorme carga para mí. Sabré si has hecho trampas, porque tu segundo disparo es siempre muy escaso.

Sonrojándose, Geoffrey sofocó una risita. —Nene, no puedes esperar que lleve esto puesto. Tengo una conferencia a las cuatro.

Cole le dio esa maliciosa sonrisa que lo había hecho caer enamorado desde el momento en que se conocieron. Con la que se despertaba cada mañana desde la tercera semana en que ellos habían empezado a salir y Cole le pidió que se mudara con él.

—Nene, no estoy bromeando. Esta escena fue idea tuya. Y sabes cuales son nuestras reglas. La escena no termina hasta que los dos nos corremos. Así que ahora no te eches atrás. —Le dio un beso ligero en los labios y se alejó, recuperando la ropa de Geoffrey del suelo.

La verdad es que él había planeado el encuentro –no necesariamente todos los detalles– pero le había dicho a Cole esa mañana que estuviera preparado para una sorpresa en el trabajo.

La vida a menudo interfería en los romances, a veces acabando con la pasión en lo que antes había sido una ardiente relación. Cuando se mudó con Cole, habían empezado a inventar nuevas escenas. Joder, mantener su relación en secreto ante la gente del trabajo todavía los encendía. Como la vez que Cole lo folló en el armario de la limpieza y diez minutos después tuvieron que fingir que eran conocidos ocasionales mientras se dirigían hacia el dueño del edificio. Incluso ahora, el recuerdo hacía que su polla goteara.

Lamentablemente, habían pasado algunos meses desde que habían hecho algo aventurero y tenía miedo de que su chispa empezara a desvanecerse. La madre de Cole se rompió una pierna en un accidente de equitación y él había tenido que cuidar de ella, de los caballos y de todas las tareas de verano del lugar; Geoffrey sentía como que no hubiera visto a su compañero en años. Pero si algo había aprendido viviendo con un hombre que podía arreglar cualquier cosa, era que la llave de la longevidad de casi todas las cosas era un mantenimiento apropiado.

Por eso Geoffrey decidió que su relación también podía beneficiarse de un pequeño mantenimiento no programado.

Si la ternura en los calientes brazos que lo rodeaban era algún indicador, había hecho lo correcto.

Cole lo besó suavemente. —Gracias por esto, cariño. Realmente lo necesitaba.

—Yo también. Te he echado de menos —susurró, estremeciéndose cuando su polla rozó la costura de los vaqueros de Cole. Incapaz de resistirse, se presionó contra él.

—No no… —le reprendió, moviéndose fuera de su alcance—. Ni lo intentes. No tienes permitido correrte.

—¿Y qué pasa con el tapón? —Sus dedos se movieron contra el antebrazo de su amante, haciendo círculos sobre el último tatuaje de Cole, que hacía juego con el que Geoffrey tenía en su propio antebrazo izquierdo. Era un distintivo irlandés Claddagh[2], dos manos que sostenían un corazón con una corona. El símbolo matrimonial de la amistad, amor y lealtad. Un símbolo del compromiso del uno con el otro.

—Olvídate del tapón.

—Para ti es fácil decirlo —se quejó cuando se volvió a poner su camisa de marca.

Cole arqueo una ceja y le echó una mirada. —Podrías haber tenido mis dulces palabras al chupártela o sacarte eso fuera, si hubiera sabido algo sobre la caja de juguetitos sexuales que tenías escondida en tu oficina.

Se puso rojo. —Tú sabes lo cachondo que me pongo a veces.

Su compañero se echó a reír. —Sí, lo sé.

Mientras que nada podría ser más embarazoso que tu compañero descubriera tu secreto alijo de juguetes sexuales, ahora mismo la orden de Cole lo preocupaba mucho más.

—¿Realmente tengo que mantenérmelo puesto hasta que lleguemos a casa?

—Sí —Cole dijo distraídamente, sacudiéndose el pantalón—. Date prisa y ponte la ropa antes de que Tiffany empiece a llamarte otra vez.

—¿De verdad que no vas a dejar que me corra?

Cole se rió. —¿Qué te deje? Actúas como que no te gustara.

Soltó un suspiro de resignación. ¿A quién estaba intentando engañar? Los dos sabían que a él le gustaba.

Geoffrey se puso los pantalones con cuidado de no retorcer el tapón más de lo necesario. Se puso la camisa y se colocó la erección discretamente, esperando que quedase camuflada.

—Apenas estás duro —dijo Cole, cuando se dio cuenta de que Geoffrey se estaba inspeccionando. Luego se acercó y le dio un beso caliente, apretando maliciosamente el tapón con su mano.

Geoffrey gimió, pero Cole, antes de causarle un efecto no deseado, retrocedió y le echó una traviesa sonrisa. —Te amo, cariño.

Le devolvió la sonrisa a su compañero, sabiendo que mientras el resto de la tarde podría resultarle complicada, la recompensa de la noche lo resarciría de cualquier vergüenza o incomodidad. —Te amo también, Cole.

Cuando terminó de vestirse, Cole tomó la caja de juguetes y sacó un par de restricciones de cuero para muñecas. —Eres más retorcido de lo que pensaba, cariño. Quizás esta caja debería venirse a casa con nosotros esta noche y así podrás mostrarme cuáles son tus favoritos.

Geoffrey asintió impaciente. —Trato hecho.

 

FIN

 



[1]  Carhartts: Es el tipo de ropa de trabajo que usan en los oficios obreros y que es más duradera (tipo mono de mecánico…)

[2]  Anillo de Claddagh, tiene su origen hace 300 años en una antigua aldea pesquera en Claddagh (a las afueras de la ciudad de Galway, en la costa oeste de Irlanda) donde por primera vez fue fabricado y diseñado en el siglo XVII.  Se entrega como símbolo de amistad o como arra nupcial.

 

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Respuestas a esta discusión

Un relato de lo mas Hot...y que buen giro de la historia...gracias por publicarlo

Muchas graciasssssssssss es genialllllllll  Megusto mucho besos muchos  besos

Gracias!!
;)!

Holaaaa este si que fue un relatoo bien hott...!!! estuvo buenisimooo!!!! me encantooo!! gracias porr compartirlooo!!!!!!! besos!!!

Un relato muy caliente con un giro inesperado

muy bueno!!! Gracias

Un relato con inicio y un final de lo menos inesperado...Muy bueno, corto pero realmente "caliente" XD Con todas esas frases y en sí con la escena que montaron en la oficina...que calorrr!! jaja

Gracias x Compartirlo, besos.

Que relato más caliente.... Grrrrr..... estuvo super... Muchas Gracias por compartirlo!!!

Besos!!!!! .^_^

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