Título original: Mi última lágrima
Autor: José Luís Miñarro Vicente
Año: 2013

Mi vida la ha formado un cúmulo de desgracias tan grande, que para extraerlo sería necesaria una incisión del tórax, del pecho a la ingle. Pero hoy he derramado mi última lágrima. Todo ha sido al salir del hospital. Me han dado ya una fecha. Me quedan unas dos semanas. El médico, con los ojos bastante rojos, me ha dicho:

—Y... ¿No ha venido ningún familiar con usted?

—No, pero dígame la verdad, por favor.

—La metástasis se le ha expandido de tal forma que ya no hay nada que hacer, su cuerpo está demasiado débil para aplicarle alguna sesión más de quimioterapia y los resultados no serían satisfactorios. Lo siento.

—De acuerdo. Gracias y buenos días.

Junto con esos buenos días cayó la última lágrima, mi última lágrima. Esta noticia, por terrible que fuera, despertaba una llama de felicidad en mi interior. Supongo que el mejor remedio para la soledad, después de haberlo probado todo, es la muerte.

Hace unos cuatro meses que no me hablo con mi madre. Ella tiene bastante poder en el pueblo y su mente cerrada hace que me odien ella y todos los vecinos. Aunque aparentemente este odio no me afecte, es como un anzuelo oxidado que se me ha clavado en lo más profundo del corazón. Iba a morir en breve y lo peor era que lo iba a hacer sin nadie a mi lado.

Este odio de mi madre hacia mí era debido a que hace unos cinco meses más o menos, le fui infiel a mi pareja. Pero ya no podía hacer nada y tampoco quería hacerlo porque yo la quería y no iba a renunciar a ella. Mi madre esa infidelidad la ve como si fuera un asesinato y yo ya no sé qué hacer para arreglarlo con ella. Todo el mundo en el pueblo me critica, pero nadie sabe mi dura realidad.

Hoy he ido al parque y he visto a unos niños, estaban felices, jugaban como golondrinas libres que se persiguen en un cielo infinito. No he sabido cómo reaccionar, he recordado mi niñez en una décima de segundo. Iba a soltar un par de lágrimas pero no, aquellas del hospital fueron mis últimas lágrimas.

A mi madre aquella infidelidad le parecía un crimen pero no sabía nada de mi fecha y seguro que cuando encuentre mi foto, paseándose por el cementerio, se lamentará bastante. Es mi madre y yo la quiero y la querré siempre, haga lo que haga, pero parece ser que ella no es igual.

Todo fue hace unos cinco meses, aquel once de febrero, en una de esas duras sesiones de quimioterapia cuando piensas que todo lo que hay a tu alrededor va a hundirse, en esas dos horas de dolor insufrible cuando la droga se pasea por tu cuerpo, ahí comencé a ser realista, a ver la pura realidad: iba a morir en breve, cuatro o cinco meses. ¿Qué más daba?

Cuando salí de allí, aún débil, la conocí, su nombre era Claudia y fuimos a tomar un café. Mientras caían aquellos granos de azúcar quedé pensando en el sentimiento que estaba brotando de mi interior. Estaba bastante débil pero creo que junto con las drogas, en la jeringuilla me introdujeron mariposas. Sí, mariposas. Me enamoré locamente de aquella mujer y creo que Claudia lo vio en el primer momento. Todo fue como una cadena, como las típicas escenas de enamorados que salen en la televisión, pero en vez de ir a mi casa fuimos a un hotel.

Fuimos muy felices en aquellos dos meses: compramos una casa en Puigcerdà, dábamos paseos interminables pero yo sabía que aquello no se iba a prolongar demasiado.

Ahora sé que voy a morir en la pura soledad. Las sabanas se tiñen de color sangre pero lo peor es que no hay nadie que lo vea. Estoy débil. Salir a la calle no serviría de nada, me escupirían, me tirarían al lago de aguas gélidas. Recuerdo aquella frase de la boca de mi madre mientras me arranca un ataque de tos.

—Vanesa, es imposible que estés enamorada de Claudia, ¿qué me dices de Iván o de Ángel?

Mi madre no me comprendía y mi padre no me quería ni ver. Ahora ha llegado mi fin. Voy a morir sola, aunque en breve me encontraré con Claudia. Sí, con Claudia. La encontré en el paseo, justo donde quedamos; pero muerta. No sé si fue mamá o papá, pero no son merecedores ni de mi respeto ni de mi palabra. Nunca di mi brazo a torcer: no iba a salir con un chico del que no estaba enamorada para darle el gusto a mis padres. Soy homosexual, lesbiana, tortillera o marimacho. Pero soy igual que todos los demás. Nací del vientre materno como todos los demás, tengo corazón, esófago, estómago y pulmones como todos los demás y voy a morir pero de manera diferente: en soledad y todo por pensar de manera diferente a la gente corriente. Tengo un dolor en la garganta que me arde. No puedo gritar más ni llorar porque aquella del hospital fue mi última lágrima.

FIN.

(Nota: Relato ganador en la categoría juvenil, de la II Convocatoria de Relatos Breves. Ayuntamiento de Elche)

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