Autor: Rachel Haimowitz

Título original: Jungle Heat

Página de autor:

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Había tantas cosas que odiaba de la selva, que Pete no sabía por dónde empezar. La humedad constante, tan penetrante que incluso la piel humana parecía un molde. El calor, tanto más opresivo, en los pantalones largos y mangas de su uniforme militar. Los insectos que de algún modo encontraron, como tiburones, el mezquino camino a la piel desnuda, a pesar de los puños apretados y los pantalones metidos en los calcetines. Las serpientes, cayendo de los árboles y arrastrándose dentro de su saco de dormir (¡y una vez en sus botas!… gracias a Dios que había cogido el hábito de verificarlas). Las aves y los monos malditos, que chillaban tan fuerte que no podía dormir. Y, por supuesto, los cárteles de la droga.

Ésos eran los peores.

También fueron la razón por la que se encontraba atrapado allí durante las últimas cinco semanas, a la intemperie, como si estuviera de nuevo en la Escuela Ranger[1]. Él y su pequeño equipo –un francotirador, un observador, y un flanqueador[2]– para hacer los trabajos que nadie más podía hacer. O tal vez, sólo los que nadie más quería hacer.

«Qué hay de nuevo en ello, ¿eh?[3]»

Llevaban observando tres semanas al cártel Morales, siguiendo el flujo de sus proveedores y los transportes de cargamento y el personal que entraba y salía. La base parecía bastante pequeña para el tamaño de la operación: sólo catorce hombres en el campamento de la selva, protegiendo y empaquetando y transportando para su envío, suficiente cocaína como para alimentar un vicio del tamaño de todo el Noreste de los Estados Unidos.

En eso, también habían sido inteligentes. Todavía utilizaban mulas humanas, por supuesto, pero la mayor parte de sus productos iban a salir ahora en forma de fármacos[4]. Más difíciles de encontrar, más difíciles de detener.

No es que algo de eso fuera asunto de Pete. Al menos, no, oficialmente. No, había sido enviado aquí a matar a un hombre y a un único hombre: Mateo Morales Ortiz, jefe de toda la operación en la Cuenca Amazónica, en Colombia. De un modo limpio, sigiloso, sin enfrentamientos, muchas gracias. Entrar y salir sin ser vistos o, Dios no lo quiera, identificados como soldados americanos.

Morales sólo se dejaba caer una vez por semana, en helicóptero, desde Dios-sabe-dónde, al mediodía en punto, para inspeccionar la operación, y se marchaba en helicóptero vía 1800[5] las dos ocasiones que lo habían visto ir y venir. Para ellos también hubiera sido más fácil simplemente aterrizar su helicóptero, pero invadir el espacio aéreo soberano no era exactamente sutil, y sí un poco más de margen de lo que el Gobierno colombiano estaba dispuesto a conceder, en esos momentos, a sus amigos de los Estados Unidos. Así que, una bala en el pecho[6], eso es lo que era.

Su equipo había localizado un lugar ideal para ocultarse en la copa de un árbol de ceiba[7], a unos 70 metros del suelo, lo suficientemente alto por encima de sus vecinos para establecer un cordón de vigilancia sobre su objetivo. La zona de aterrizaje de helicópteros estaba a 607 metros de distancia –un tiro fácil. Sobre todo porque el comportamiento anterior indicaba que Morales no saldría del helicóptero hasta que los rotores dejaran de dar vueltas, y una vez fuera, permanecería de pie allí durante más de veinte segundos, mientras que el comandante del destacamento acudía a saludarlo y a escoltarlo fuera. Eso no era exactamente un para siempre, dada la caída vertical y la velocidad variable del viento y el movimiento arriba y abajo del palio pero, para su equipo, era tiempo suficiente.

Hablando de su equipo…

Diego estaba revisando su equipo por última vez, y Mitchell comprobando sus cálculos sobre su tablet. Ya había estado, a solas, sobre ellos –temperatura, humedad, viento, ángulo de tiro, balística– una docena de veces esta mañana y Diego había comprobado su trabajo más de una vez, pero suponía que uno no puede pecar nunca por ser demasiado cuidadoso. Habían soportado cinco semanas del terreno devora-hombres para tomar esa foto. Nadie estaba dispuesto a joderla.

Pete miró su reloj, 09:02. Se había tomado tiempo para trepar a esa monstruosidad de árbol, más tiempo para preparar el rifle, calmar sus pulsaciones cardíacas, marcar ajustes de última hora. Y estar preparado, por supuesto, en caso de que el helicóptero se adelantase. Ninguno de ellos quería quedarse ahí atrapado una semana más.

Sin embargo... —Creo que eso es suficiente, Mitchell.

Mitchell lo miró y entrecerró los grandes ojos verdes. Su rostro era demasiado suave, como de un bebé, incluso después de cinco semanas en la selva, para que desapareciera; todo en él hacía sonreír a Pete.

—Jódete —dijo Mitchell, perfectamente amable.

Pete ocultó el estremecimiento, algo incómodo, que recorrió su cuerpo ante aquellas palabras, sonriendo de nuevo, y claro, hizo que Mitchell sonriera a su vez, todo dientes blancos y luminosos, y tuvo una extraña especie de atracción por besarle que trató duramente de no admitir, ni siquiera ante sí mismo. Además, ahora no era precisamente el momento para dejar que su mente vagara, ¿verdad?

Se dio la vuelta antes de que tuviera alguna otra idea estúpida y tomó, de su mochila, el traje de camuflaje de Mitchell. —Aquí, ponte esto. Es la hora.

Mitchell finalmente alejó su tablet y se puso el camuflaje: una malla de hojas y pequeñas ramas recién escogidas esa mañana de un árbol de ceiba. Su cara y sus manos estaban ya pintadas, y cuando se colocó la capucha de camuflaje sobre su pelo rubio ceniza se desvaneció en la selva, incluso a cinco metros de distancia. Bueno, a partir de 600 metros, sería un fantasma. Menos que un fantasma. El cártel no tendría la menor idea de dónde buscarlos. De todos modos, ojalá estuviera demasiado ocupado tratando de salvar a su líder de problemas.

Miró su reloj de nuevo, entonces echó un vistazo alrededor para... bueno, cualquier cosa; el chirrido constante y el zumbido y el murmullo de la selva era un extraño consuelo durante el día para toda la irritación que le causaban por la noche. —09:08, chicos —dijo. Diego fue retirándose en su desgastado traje de camuflaje. Mitchell fue atando con correas sus espuelas[8]. El pensar en su próxima escalada hizo que Pete casi se alegrase de que hubiera sacado la paja más corta, pero sólo casi –ningún francotirador que se precie era feliz jugando de flanqueador. Todo el mundo quería apretar el gatillo, o al menos estar en el lugar del hombre-gatillo, sobre todo ahora que tenían brillantes XM2010[9] nuevos. Nunca había disparado uno en el campo.

—No te preocupes, Pete —dijo Diego, lanzándole un guiño mientras se cargaba a los hombros la mochila—. Muy pronto tendrás tu oportunidad.

—Voy a hacer una foto para ti —dijo Mitchell.

—Vas a hacer una foto para el alto mando.

Mitchell se encogió de hombros y agachó la cabeza para enganchar su eslinga[10] al mosquetón[11], pero no con la suficiente rapidez para ocultar su rubor o la sonrisa tonta. —Puedo aceptar órdenes del alto mando —dijo—, pero mi corazón es todo para ti, nene.

Diego soltó un bufido. —Ustedes dos, tortolitos, ¿quieren el nido? Esperaré aquí abajo.

«Joder, sí». Pero se conformó con —Saqué la paja más corta, ¿recuerdas?

Trató de no parecer demasiado decepcionado al ver a su equipo trepar al árbol.

A las 09:22, Mitchell transmitió por radio hacia abajo. —Estamos en posición.

Pete miró hacia la copa pero, por supuesto, no pudo ver nada.

—¿Cómo se ve desde allá arriba?

—Cinco por cinco[12].

Resopló ante el alegre mal uso que hizo Mitchell de la frase. —Gracias, Faith.

—En cualquier momento, Giles[13]. Ahora vaya a ser un buen observador y manténganos claro.

—Entendido. Corto y fuera.

Patrulló el perímetro, de medio kilómetro de radio alrededor del escondite. Los chicos en el nido tenían la vista más clara del campo a lo lejos, pero la copa del árbol bloqueaba su visión de cualquier cosa cercana que hubiera justo debajo. Ahí es donde entró.

Todo estaba tranquilo como se esperaba. El cártel patrullaba el área, pero su equipo había pasado tres semanas observando sus hábitos y, en consecuencia, había optado por ocultar su posición; no tenía razón para creer que ahora sus caminos iban a cruzarse. Tampoco el cártel tenía motivos para sospechar, aunque, por supuesto, que estaban atentos, sobre todo aquella mañana, con su jefe de camino.

Afortunadamente, su propio equipo se mantenía arriba en alerta. O al menos eso pensaba, hasta después de que diera una palmada a una picadura repentina en su cuello, justo encima de la línea de su micrófono de garganta. En el momento en que se dio cuenta que no era un error, ya estaba cayendo. La lengua adormecida, la garganta cerrada, los miembros diluyéndose. Trató de levantar su rifle, pero ni siquiera pudo elevar lo suficiente las manos para bloquear su caída. No pudo forzar sus labios a que formasen siquiera una simple palabra para advertir a su equipo. Joder, había supuesto que debía estar vigilando sus espaldas.

Lástima que nadie hubiera estado vigilando la suya, ¿eh?

*****

A pesar de que lo habían drogado, se despertó del modo en que siempre lo hacía, el modo en que los Ranger lo habían entrenado: como un interruptor de sólo dos posiciones, apagado/encendido, como noche cerrada a la deslumbrante luz. Sólo que esta vez estaba en vertical, y también sin camisa –lo que nunca era buena señal– la presión familiar, de su chaleco táctico[14] y de la funda del arma en el muslo, se había ido. Le dolía la cabeza, pero el dolor no era rival para el que sentía en las muñecas, los codos y los hombros. Una agonía familiar: estaba atado a algo, el peso corporal colgando de sus manos. Sin embargo, todavía podía sentir los dedos, por lo que no había estado así durante mucho tiempo. No obstante, el impulso de levantarse y aliviarlas era poderoso. Pero el enemigo no sabía aún que se había despertado, y cuanto más tiempo lo ignorase, menor sería el tiempo que necesitaría para sobrevivir antes de que el helicóptero de Morales tomara tierra y su equipo hiciese la foto.

«Modula la respiración. No dejes que el dolor se refleje en tu cara. No te muevas».

Pero debió hacer algo que lo delatara, porque una mano le empezó a dar ligeras palmadas en su mejilla, y la culata fría de una pistola presionó contra su hombro. —Despertarse, Americano[15].

Precavidamente no respondió, pero no estaba engañando a nadie. El toque en su mejilla se convirtió en una bofetada en toda regla. —Sé que está despierto. La droga no dura tanto tiempo.

Pensó en mantener la falsa, pero su captor terminaría por dispararle o algo para probar su punto, lo que le pareció un infierno de muchos más problemas como para que le merecieran la pena los segundos adicionales que compraría. —Está bien, me tienes —dijo, consiguiendo apoyar sus pies, –más o menos, de todos modos; al parecer, sus tobillos estaban atados también a algo– y con gratitud tomando el peso de los hombros y las muñecas—. Estoy despierto.

Abrió los ojos al sonriente (y exasperantemente apuesto) rostro del hombre que sólo conocía como Teniente, el hombre que Morales había dejado a cargo de la operación en su ausencia. En aquél mismo segundo, absorbió una gran cantidad de información ambiental: estaba atado, extendido en forma de cruz, a los expuestos postes de madera de una especie de almacenamiento en descomposición, en el lado noroeste del campamento; gruesas longitudes de cuerda alrededor de los tobillos y las muñecas; una viga astillada clavándose en la parte baja de su espalda desnuda. El sol aún estaba bastante bajo en el cielo, proyectando largas sombras que su francotirador y genio matemático interior utilizó para calcular la hora –algún punto entre las 10:00 y 10:30– con apenas un pensamiento consciente. Ocho de los catorce habitantes del campamento estaban a la vista, aunque sólo cuatro a la distancia de un escupitajo. ¿Habrían ido los demás a buscar a su equipo?

Teniente agarró un puñado de su pelo, lo que no era tarea fácil, con el corte del pelo tan corto, y señaló con la cabeza hacia arriba. —No me importa quién le ha enviado, Americano. Sólo me importa dónde están sus amigos. Usted me lo dirá.

Pete negó con la cabeza libre y se echó a reír. No fue valentía, no realmente. Sólo una reacción genuina a la arrogancia del enemigo. Estaba claro que nunca había tratado antes con un Ranger.

Aunque sí que sabía cómo hacer que un tipo dejase de reír: un golpe feroz al plexo solar que vació sus pulmones y llenó sus sentidos con la sobrecarga y el dolor. Pero eso no era nada nuevo para Pete. Había estado allí, hecho eso, aprendió a soportarlo tiempo atrás.

Al final abrió su pecho y tomó una respiración dolorosa, otra, y luego dijo: —No tengo amigos.

Se preparó para el golpe en el riñón que ganó. Ni siquiera gritó, aunque le tomó unos buenos diez segundos (que parecieron diez horas, o así lo sintió) para enderezarse de nuevo.

—Esto no va a funcionar, lo sabes. —Una vez más, sin bravuconadas. Sólo la sencilla verdad. Seguida, por supuesto, de una mentira—: No puedo decirte lo que no sé, no importa cuántas veces me golpees. Estoy aquí solo.

Teniente miró a los ojos y deslizó muy deliberadamente un conjunto de puños americanos sobre sus dedos. Internamente, Pete dio un respingo, pero no dejó que se reflejase en su rostro. O en su voz. Arqueó una ceja hacia el feo puño de Teniente. —Eso no va a cambiar nada.

Teniente se encogió de hombros, sonrió con una desagradable y arrogante sonrisa mientras sacaba su puño hacia atrás. —Veremos.

Los siguientes minutos no fueron tan bien. Aunque Pete no cedió ni una pulgada. Después de todo, sólo tenía que durar una hora o dos.

«. . . suponiendo que Teniente no suspendiera la visita de Morales a la luz de su repentina aparición.»

Pete empujó a un lado, sin piedad, esa traicionera voz de la duda, antes de que pudiera colarse a través de las grietas que los nudillos de acero de Teniente estaban haciendo en su armadura.

«Si Morales no aparece, estás muerto. El equipo no pondría en peligro la misión para rescatarte, y lo sabes.»

—¡Cállate!

La orden de Pete, que ladró para sí mismo con los dientes apretados, dio una pausa a Teniente. Tal vez el tipo pensó que se estaba desmoronando bajo la presión.

Teniente lo estudió un momento –¡qué desastre debía parecer!: pecho agitado, puños cerrados, vetas de suciedad y el sudor y la sangre– luego se volvió hacia un matón cercano. —Esto no va funcionar —dijo, y Pete quiso gritar ‘ya te dije que no iba a funcionar, deja de tratarme con tanta amabilidad’, pero por supuesto no lo hizo—. Dame la cocaína.

«Joder. Eso no. Cualquier cosa menos la mierda esa.»

Porque, en realidad, nunca había fumado, ni siquiera marihuana en la universidad, había considerado que no merecía la pena arriesgar su cuerpo o su carrera –por no hablar de que habría tenido que abandonar la Escuela si hubiese perdido su beca ROTC[16]. Si le daba cocaína de mierda, podría matarlo. O engancharlo.

O peor aún, soltarle la lengua.

Y de nuevo, mierda, debía haber dejado que su temor se mostrara en su rostro porque Teniente se acercó más, y una sonrisa fría, conocedora, curvó sus labios. —Ah —dijo, prácticamente ronroneó—. Por lo que nos hablamos Español.

Bien, nunca es tarde para jugar a hacerse el estúpido, ¿verdad? —¿Qué?

Sin embargo, Teniente sólo se rió entre dientes y le dio una palmada en la mejilla. —No importa —dijo—. De todos modos, nunca se marchará de aquí.

El matón que había enviado a buscar la cocaína volvió y, mierda, sino era peor de lo que esperaba –de hecho, una jodida bolsa llena de mierda– no en polvo, sino en una maldita aguja.

Probablemente, una sucia, además.

Teniente le agarró por el pelo de nuevo, empujándole la cabeza hacia un lado. Teniendo en cuenta la posición y el estrés de la situación, sabía que la vena en el lado del cuello se vería claramente. Imposible perderse. Echó un vistazo a la aguja cuando Teniente la levantó hacia él.

—No te soy de utilidad muerto —intentó.

Teniente se encogió de hombros. —De todos modos, no es usted útil para mí.

Pete sentía el frío de la aguja tocar el cuello y se retiró lo mejor que pudo, que, en realidad, no fue nada en absoluto con el agarre del pelo que Teniente tenía y las ataduras en las muñecas y tobillos. Pero él no sintió ningún pinchazo. Sólo un raspado, en su lugar, comenzando cerca de la yugular y recorriéndole el cuello, la garganta, cruzándole el pecho. El hijo de puta estaba arrastrando la punta de la aguja por su piel, marcando un estrecho camino con una caliente picazón en su estela que le hizo luchar contra las ataduras por la urgencia de rascarse.

Teniente arrastró la aguja sobre un pezón, luego hacia atrás, y Pete no pudo evitarlo, quedó sin aliento. Jadeó de nuevo cuando la aguja presionó en la sensible carne con la fuerza suficiente para extraer una gota de sangre. Jesucristo, ¿este loco hijo de puta iba a vaciarla toda de golpe a través de sus malditos pezones?

—Tan... bien cuidado que tiene el cuerpo. Después de todo, quizás pueda usarle.

La aguja arañó la espalda hacia el cuello, y se mantuvo inmóvil, incapaz de mostrar a este lunático el rechazo que tan claramente estaba esperando.

—Hacemos el mejor producto de toda América del Sur. Le va a gustar.

—No —dijo sin mendigar, simplemente constatando un hecho.

—¿Qué dice? —Teniente levantó una mano burlona a la oreja, haciendo bocina con ella como si no pudiera oír bien—. Lo siento, mi inglés es muy malo.

«Mentira.»

La aguja presionaba contra la piel, sobre su yugular. La traspasó, aunque Teniente no presionó el émbolo. La mano que había rizado el cabello de Pete se deslizó hacia abajo por su cuello, el torso desnudo, los pantalones, cubrió con fuerza su ingle. —Dígame si no lo quiere, —susurró Teniente.

Pete trató de alejarse –de la aguja en su cuello, de la mano que lo magreaba– pero las ataduras en sus muñecas y tobillos y la viga en la parte baja de la espalda lo hizo imposible. —No lo quiero.

La aguja pinchó un poco más profundo, y Teniente chasqueó la lengua. —No hablo inglés, ¿recuerda?

Parecía un punto débil darle gusto al hijo de puta, pero el juego del lenguaje estaba ya agotado, y si había la más mínima oportunidad de que pudiera detener todo esto, parar algo de eso... Con los dientes apretados gruñó: —Está bien. No lo quiero. Aleja esa mierda de mí.

Teniente se echó a reír, y Pete tuvo el tiempo suficiente para escuchar "¡Qué lástima!" antes de que la carcajada del hijo de puta se vaciara en sus venas y detuviera su corazón.

Unos dedos buscaron en la bragueta de sus pantalones, los empujó hacia abajo en torno a sus caderas, se envolvieron alrededor de su polla, y oh... «¡Oh!»

Nunca se sintió así de bien en su vida, nunca imaginó que fuera posible sentirse tan bien. Un toque e iba a estallar. Ni siquiera podía comenzar a contenerlo, se encontró a sí mismo flotando de golpe fuera de... de...

No, no flotando, sino volando, navegando, lanzado en mitad del jodido espacio, mirando hacia abajo, por encima de la tierra, a un millón de millas de distancia, y al exterior de los sempiternos planetas y estrellas y nebulosas, y joder si no era la cosa más bella que había visto nunca, si no estaba gritando de alegría por eso, llorando por ello, y si aquellos dedos le tocaban una vez más iba a estallar, a salpicar todo el maldito universo como un jodido Dios glorioso sembrando planetas.

«Oh». Una polla en su culo, «¡Dios, sí!», no había sentido eso desde la universidad, desde el enorme armario de mierda que fue el Ejército, y joder, pero nunca había sido tan bueno –no sólo olas sino océanos enteros de placer rodando hacia abajo a los encogidos dedos de los pies, a las puntas de su cabello– y estaba balbuceando, rogando, «¡Sí!», y «¡Dios!» y «¡Por favor!», cada pulgada de su cuerpo al igual que un tenso cable de corriente zumbando «gozo-éxtasis-euforia» tan fuerte, que apenas podía oír la voz que venía desde el otro lado del océano, pidiendo algo... algo acerca de su equipo. Se esforzó por escuchar, por obligar a las palabras a unirse a través de la fiebre ciega del «¡Sí, Dios, sí!» de forma que tuviera sentido, seguro de que si pudiera dar a la voz lo que quería, le daría lo que él necesitaba.

Y ahí estaba otra vez, su equipo, su equipo, y sonaba exactamente como...

—¿Mitchell?

... se sentía exactamente como él había imaginado que se sentiría, la polla de Mitchell en su culo, el puño de Mitchell alrededor de su pene, la boca de Mitchell en su garganta, los dedos sobre su piel, el peso en sus muslos, todas esas veces, mil, un millón, mil millones de veces, y su corazón se hinchó y se hinchó hasta que bloqueó al mundo, bloqueó todo menos el pico de euforia, la felicidad, un placer tan exquisito que dolía, que seguro le mataría si él…

Su orgasmo le golpeó como una bala expansiva contra un chaleco antibalas, un cuerpo que le robó de golpe la respiración, y él no podía, no podía

Se corrió con los fuertes brazos cerrados alrededor de su cintura, las rodillas enganchadas sobre los hombros de Mitchell, la polla de Mitchell arándole el culo como si fuera algún tipo de deporte Olímpico. Probó la corrida en los labios. ¿La suya? Sí, creía que sí. Dios sabía que había quemado su dura carga lo suficiente como para lanzarlo a través de la jodida estratosfera. Esa euforia salvaje ahora se había ido, pero la estela permanecía: un residuo en su temblorosa carne, una saciedad soñolienta, tan pesada y espesa, que ni siquiera podía abrir los ojos.

Las risas brotaron de su garganta y torcieron sus labios flojos en una mueca. Mitchell lo llevó más alto, cambiando el ángulo, pero sin romper nunca el ritmo.

Se agachó para acariciar su polla –desgastado como estaba, intentó que su pene volviera de nuevo a la vida– pero no pudo. Sus manos estaban atadas. El bastardo kinky lo había atado a la cama. ¿Cómo había sabido Mitchell sus fantasías más oscuras? Nunca se las había contado a nadie.

Joder, pero quería que Mitchell lo tocara. Parecía simplemente cruel atar y follar a un hombre sin darle el alivio que no podía darse a sí mismo. Pero Mitchell seguía machacando, más rápido y más duro y más duro y más rápido hasta que gruñó, se quedó quieto, apretando las manos alrededor de la cintura de Pete, y después se retiró.

Pete no era del tipo que conciliaba el sueño después del sexo, pero en ese momento, no podía imaginar un final más perfecto para una jodida más que perfecta.

*****

Se despertó con un dolor de cabeza y un centenar de fuertes dolores a lo largo de su torso, el corazón galopando en su pecho y las extremidades entumecidas y casi de gelatina. Su culo herido. Jizz tenía costras en la barbilla y por su hendidura. Sus pantalones estaban todavía en torno a sus muslos.

Y supo con una claridad que le dolió más que cualquiera de sus molestias corporales, que el hombre –no, los hombres– que le había follado, sin duda, no había sido Mitchell.

«Dios, por favor, dime que mi equipo no se rindió.»

No podía recordar. No podía, jodidamente, recordar.

¿Y dónde estaba todo el mundo?

Probó sus ataduras. No cedieron. No podía decir si era por la calidad de los nudos o por la falta de fuerza en su propio cuerpo. Pero siempre y cuando el enemigo fuera lo suficiente necio como para dejarlo sin vigilancia, tenía que seguir intentándolo.

Sin embargo, continuaba volviendo a la pregunta: ¿por qué lo harían?

¿Y por qué todo el mundo estaba gritando?

Había oído algo. Algo lo había despertado. Cerró los ojos, recordó cuando sus muñecas retorcidas sangraron en sus restricciones.

...Helicóptero. Había oído un helicóptero. Lo que significaba que Morales había aterrizado después de todo, ¡gracias a Dios!

¿Había oído también un disparo? De cualquier modo, no podía asegurarlo, dado el supresor y la distancia y el aire húmedo y caliente. Pero era lógico, ¿verdad? Porque de lo contrario, ¿dónde estaba todo el mundo?

Y sí, ahora sin duda escuchaba disparos. Armas de mano. Los M4[17] de Diego. Uno de los malos arrojando mierda con un fusil automático, vaciando su cargador en segundos. Gritos. Más armas de fuego. El inconfundible sonido de una M67[18] volando un edificio.

A continuación, silencio, salvo el zumbido en sus oídos. Después, el golpe suave de unas botas de hombre en combate corriendo por el campo. Su nombre siendo gritado con miedo y alivio, sin duda la voz de Mitchell en esta ocasión.

Las manos de Mitchell, también, tocando en el hombro, sujetándolo del cuello, sacando esa fabulosa y jodida Benchmade[19] de 400 dólares con la que fue a cortar las restricciones.

—Mierda, Pete, ¿estás bien? —Mitchell se inclinó para liberar los cortados tobillos de Pete, los ojos, sin duda, casi rozando los pantalones que colgaban abiertos de los muslos, teñidos con su sangre y el semen de Dios sabe cuántos hombres.

No le gustaba la forma en que temblaba la voz de Mitchell. Él no era una delicada flor virginal, ¡por Dios! ¿Qué era una paliza y un gangbang[20] con coca en comparación con 61 días de ayuno, sin dormir, en la Escuela Ranger?

O al menos, es lo que tenía muy claro que intentaba mantener diciéndoselo a sí mismo.

—Estoy bien —dijo, y de acuerdo, tal vez se merecía esa ceja arqueada pues, por el momento, no era capaz de valerse por sí mismo—. Dime que completasteis la misión.

Una enorme y alegre sonrisa apareció en el rostro de Mitchell, y a la mierda con todo, quizás fue la coca, tal vez fueron las endorfinas, pero sólo había una manera de responder a esa sonrisa: agarró a Mitchell por la correa de arrastre de la parte delantera de su chaleco, y aplastó sus labios contra la hermosa, sonriente boca.

Le llevó un segundo a Mitchell familiarizarse con el programa. Pete estaba esperando tolerancia, en el mejor de los casos, un puñetazo en la mandíbula, en el peor –y bueno, siempre podía culpar a las drogas más tarde, sin daño no hay castigo. De modo que estaba más que un poco sorprendido cuando los brazos de Mitchell lo envolvieron con fuerza por su cintura y la lengua de Mitchell se deslizó entre sus labios entreabiertos. Encantado –jodida complacencia; puta, delirantemente feliz– pero aún sorprendido. No podía dejar de murmurar contra los labios de Mitchell. —Lo siento, yo…

—Todo está bien.

—Es sólo que he estado deseando hacer esto desde…

Mitchell sonrió contra sus labios, atrapó uno entre los dientes y lo mordió. —Un año ahora, lo sé.

—¿Y estás…?

—Más que bien. Ahora cállate, Pete, estás arruinando el momento.

Una orden que con mucho gusto siguió. Después de todo, era muy difícil hablar con la lengua de alguien en la boca.

 

FIN



[1] En original, Ranger School, es decir, la United States Army Ranger School. Es una escuela militar del ejército de los EEUU, donde se realiza un curso de élite de entrenamiento intensivo de combate de 61 días y que está orientado a pequeñas unidades tácticas de asalto. Se le ha denominado el “curso de combate más duro del mundo”.

[2] Flanqueador: en un destacamento de soldados, aquél encargado de proteger los flancos de una formación.

[3] Lo dice con ironía, es decir, que no hay nada nuevo en eso; equivale a la expresión ¡Vaya novedad!

[4] En versión original, drugs subs, abreviatura de “drugs substances”, que en este caso particular se refiere a los productos o fármacos que tiene como principio activo la cocaína.

[5] 1800: Ésta es la potencia del helicóptero en caballos de vapor (CV), en inglés horse power.

[6] Se refiere a que era una situación bastante jodida.

[7] Ceiba (ceiba pentandra): También conocido como lupuna o pochote (o en países anglosajones, kapok) es uno de los árboles de mayor tamaño en la Amazonia; alcanza de 60 a 70 metros de altura, con un tronco grueso que puede llegar a medir más de 3 metros de diámetro con contrafuertes; su copa tiene forma de paraguas.

[8] Hace referencia a las espuelas dentadas que se fijan habitualmente con correas a la base de las botas y que se utilizan para trepar a los árboles o escalar, pues permite mayor sujeción.

[9] XM210: Modelo de rifle, con mira telescópica.

[10] Eslinga: en inglés, flip line, son cuerdas que se enganchan en los mosquetones permitiendo un punto secundario de anclaje cuando, por ejemplo, se trepa un árbol como en este relato.

[11] Mosquetón: en inglés carabiner, utilizados en actividades verticales (escalada, trepa de árboles,…) para asegurar tanto a personas, como a cargas o herramientas.

[12] En el texto original, five by five, expresión que en el ejército significa “alto y claro”.

[13] Faith & Giles, son dos personajes de la serie Buffy the Vampire Slayer (o Buffy la cazavampiros). Se trata de una broma entre los dos personajes principales de este relato.

[14] Chaleco táctico:

[15] En cursiva sin entrecomillar lo que, en el original, dicen en español.

[16] ROTC: Abreviatura de Reserve Officers Training Corps (Centro de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva)

[17] Los M4son fusiles de asalto automáticos.

[18] Las M67 son granadas de fragmentación utilizada por las fuerzas armadas de Estados Unidos y Canadá.

[19] La autora se refiere a que sacó una navaja de la marca Benchmade, por consiguiente, y dado que es de un soldado del ejército: automática, fácil de manejar con una sola mano, ambidiestra, con cierre especial de seguridad y otros mecanismos patentados, de hoja de acero y deslizante, y mango recubierto de material de alta calidad. La compañía de cuchillos Benchmade fue fundada originalmente en California en 1988; la marca es garantía de calidad y, a día de hoy, sus navajas son las mejores del mundo. De hecho, son las que utiliza el ejército, pues “el fallo no es una opción”. El uso de este tipo de navajas, más sofisticadas y peligrosas, está limitado a la Armada, y  están reguladas a nivel federal. Más información en www.benchmade.com

[20] Gang Bang o gangbang es un tipo particular de orgía en la que una mujer o un hombre mantiene relaciones sexuales con tres o más hombres por turnos o al mismo tiempo; esto puede llegar a incluir un número indefinido de participantes.

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Respuestas a esta discusión

El relato me ha parecido sobrecogedor y muy muy especial,ya que te hace pasar por la situación como si fuese una pelicula, casi fotograma a fotograma. ...y no porque el tema me resulte especialmente atrayente...

Lo recomiendo leer! un abrazo.

Ufff. La historia es espeluznante. Nos cuenta paso a paso lo que Pete está viviendo y es como si fuera yo misma quien lo está sufriendo. Vaya, que el narrador ha conseguido que yo entre en la trama y eso es terrible, porque no es una bella historia de amor, sino una de supervivencia en medio de una guerra. La de cosas horribles que la gente ha tenido que sufrir en ese tipo de situaciones. Me dan escalofríos.

Está visto que la autora se ha informado bien, algo muy valioso a la hora de contar una historia para hacerla creíble: la mortal selva, armas, drogas, violencia, tortura... 

El relato me ha calado hondo, pero no me ha gustado mucho, más que nada por la crudeza de los sucesos. Menos mal que, al menos, tiene un final feliz. Bueno, feliz, hasta cierto punto, porque habrá más misiones peligrosas en las que la pareja tenga que arriesgar su vida.  No puedo evitarlo, me gustan los finales felices.  Creo que la vida, de por sí, ya tiene bastante tristeza y dolor como para que encima tenga que leer acerca de ambos. Aunque es interesante ver que hay gente a la que le gusta este tipo de novelas, porque si hay alguien que escribe, siempre habrá alguien al que le guste. Es mi opinión, pero no quiero ofender a nadie ni criticar por criticar, ¿sí?

De ninguna manera quería hacer una crítica negativa, pero parece que hay muy poca gente que participa en esta página y  he decidido hacer una pequeña aportación para ver si alguien se anima, aunque sea para echarme a los perros. :)

 

Me ha sorprendido esta autora.

Para ser un relato corto es de lo más intenso; parece una mini-película de acción, con todos los ingredientes típicos.

Me ha gustado mucho, voy a llegarme a su web para saber algo más de ella.

Gracias por este relato y por darnos a conocer a la autora.

Hola me gusto aunque un poco duro como la vida ensi ,gracias por el cuento ,besos

Me ha gustado la historia, aunque me ha costado leer algun pasaje bastante fuerte.

Gracias por el relato.

Es un relato muy intenso con situaciones espeluznantes, pero particularmente no lo disfrute porque me la pase sufriendo por el gangbang que sufre el protagonista y ahi estoy preocupada por las enfermedades y el daños emocional, creo que nada bueno sale de ahì aunque al final pareciera lo contrario.

me gustoo mucho! fue muy intensoo el relatoo!! y gracias por todas las descripciones que pusistee!!!! me gustoo el final por que bueno fue feliz beso al chico que le gusta ..aunque pobre tuvo que pasar por un experiencia muy fea!!!!!!

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