Título original: Water Taxi
Autor: Lawrence Schimel
Traducción: Cristina Palés
Año: 2001

El áspero tejido naranja del chaleco salvavidas rozaba mis pezones. En ese momento me alegré de que Jaume no me hubiera convencido para que me hiciera un piercing en el pezón cuando él se hizo el suyo. Me gusta cómo queda la pequeña anilla plateada, sobre todo porque sólo lleva un lado perforado. No sé, pero cuando se hacen los dos pezones me recuerda a las aldabas de una puerta; toda la estética cambia y pierde algo. Pensé que en este momento estaría sufriendo más que yo por culpa del salvavidas, ya que se supone que un pecho con piercing es más sensible.

Jaume, sin embargo, no parecía que fuera a quejarse. Estaba sentado en la proa del kayak doble, con sus potentes brazos descendiendo a un lado y a otro mientras remaba. Aunque sus hombros se escondían bajo el salvavidas, podía ver cómo los músculos de su espalda se tensaban al girar a izquierda y derecha con cada golpe de remo. Y, una vez más, me pregunté qué había hecho yo para merecer a un hombre tan atractivo como novio. En ese momento me sentía afortunado por todo: por Jaume, por el nítido cielo, por el sol, por el suave oleaje, por la fiesta en la playa, por la vida en general. Me olvidé de los pezones doloridos, coordiné mis paladas con las de Jaume y por unos instantes nos abandonamos sobre las olas, simplemente deslizándonos.       

Ninguno de los dos había montado en un kayak antes, de manera que cuando el DJ anunció que este año había kayaks incluidos en el Festival del Orgullo Gay, Jaume y yo saltamos de nuestras toallas y nos apresuramos hacia al área de salida. Era la primera vez que en Barcelona se organizaba un Festival del Orgullo Gay en la playa, con una tarde repleta de actividades, tales como partidos de voleibol, mientras en los altavoces sonaba músicadance. Más tarde, al anochecer, nos trasladaríamos al Pabellón del Mar situado justo detrás de la playa, dispuestos a disfrutar de una larga noche llena de actuaciones de grupos como Baccara y Folklóricas Arrepentidas, y espectáculos de drag queens como Arroba y otras reinonas de las que jamás había oído hablar. Y, por supuesto, habría música para bailar durante toda la noche. Se esperaba que mucha gente sólo se acercara para bailar. La mitad de la recaudación de la entrada iría destinada a la lucha contra el SIDA, así que estos festejos también tenían un componente serio.

Me preguntaba si funcionaría. Siempre se producían fricciones entre los colectivos gays de Barcelona, y este año se habían dividido en dos grupos. Uno, con una marcha del Orgullo Gay el 28 de Junio, conmemorando la revolución de Stonewall en Estados Unidos, que significó el inicio del movimiento moderno por los derechos de los homosexuales. El otro, que incluía la mayor parte de los empresarios gays, decidió celebrar un acontecimiento más festivo, el domingo cuatro de julio, a fin de conseguir una mayor concurrencia. Bromeaban con que era el Día de la Independencia de los Estados Unidos y estaban liberándose de la dominación de la cultura gay norteamericana en otras partes del mundo. A fin de cuentas, ¿para qué celebrar el Día del Orgullo Gay Americano pudiendo celebrar uno propio?, se preguntaban.

En ocasiones me siento culpable por no ser más activo políticamente, aunque a decir verdad, esta clase de temas me aburren sobremanera. Sé que es importante votar, y lo hago, pero no soporto las interminables disputas de los mítines en los que algunos grupúsculos no se sienten suficientemente representados y cosas por el estilo. Lo que quiero decir, es que me alegra que haya dedicados activistas ahí fuera, que entienden la jerga legal mejor que yo y saben cómo funciona el sistema, que luchan por mis derechos para que, por ejemplo, pueda besar a mi novio en la playa como he hecho hace unos minutos. Estoy seguro de que, como Jaume y yo, muchos de los tíos que hay hoy en la playa han venido a pasárselo bien. El lunes fuimos a la marcha para mostrar nuestro apoyo y ayudar a incrementar el número de asistentes; ahora que los grupos se habían separado, supusimos que sería especialmente importante hacer acto de presencia, y también fuimos a disfrutar de la divertida fiesta bajo el sol.

Perdido en mis pensamientos, empleaba mi cuerpo en la simple y repetitiva tarea de remar en el kayak, hasta que una voz procedente de un barco de recreo que estaba anclado frente a la playa me sacó de mi ensimismamiento. La embarcación no estaba ni demasiado cerca ni demasiado lejos de la orilla, como si sus ocupantes no estuvieran seguros de querer ser meros espectadores de los festejos o, por el contrario, parte activa en ellos. Toda la tripulación de cubierta era masculina, y sólo hacia falta echar una rápida ojeada a sus posturas, mientras disfrutaban de unos cócteles observando la orilla, para saber que no estaban allí por casualidad, sino que habían venido a la Fiesta del Orgullo Gay. 

Uno de los hombres, rubio y sin camiseta, nos saludó inclinado sobre uno de los costados del barco. Estaba seguro de que se dirigía a nosotros, porque nos había hecho señas cuando habíamos mirado al frente, pero yo me había vuelto a mirar atrás. Tenía la misma sensación que cuando estás en un bar lleno de gente y un tío al que consideras atractivo te sonríe, pero no puedes creer que sea a ti, convencido de que hay un amigo suyo o un tío muy bueno justo detrás de ti y es él el verdadero destinatario de la sonrisa. 

¿Què penses? me preguntó Jaume sin dejar de remar. Habíamos sesgado y estábamos remando en paralelo a la playa. Si su barco hubiera estado en marcha, nuestros caminos se hubieran cruzado a unos cien metros aproximadamente.

¿Per què no anem a veure què és el que volen? le contesté cambiando el rumbo con el remo. Tal vez quieran invitarnos a una copa me eché a reír. Nuestro pequeño kayak compartido giró de repente en dirección al barco y, al instante, igualé el ritmo de palada regular de Jaume. 

Al detenernos junto a la embarcación, el rubio sin camiseta se acercó a la escalera de cubierta. Llevaba un ligerísimo Speedo de color naranja chillón.

¿Me lleváis a la orilla? nos preguntó en castellano y no en catalán, como Jaume y yo habíamos estado hablando. El agua está llena de medusas.

Lo miré de arriba abajo. Desde mi ángulo disfrutaba de una buena vista sobre ciertas partes, y tengo que admitir que tenían muy buen aspecto. 

Jaume y yo llevábamos juntos casi dos años, durante los cuales habíamos probado todo tipo de relaciones: desde la monogamia absoluta, a un período en el que apenas teníamos relaciones sexuales entre nosotros y nos dedicábamos a pendonear por ahí. Esto nos llevó a una separación temporal y consiguiente reconciliación, esta vez bajo determinadas condiciones que aún hoy continuaban: si deseamos algo fuera de nuestra relación, tenemos que hacerlo juntos. Lo cual no quiere decir que siempre acabemos haciendo tríos, aunque suele ser así con frecuencia. A veces vamos a una sauna y cada uno escoge a alguien; las cabinas no son lo suficientemente amplias para los cuatro, aunque lo hemos hecho alguna vez. Ver a Jaume siendo follado por otra persona mientras me observa follar con el tipo que he escogido me da un morbo tremendo. Me pone un poco celoso pero sé que Jaume me inclye en su placer y viceversa. 

La mayoría de las veces nos bastaba con el trío tradicional y, como teníamos unos gustos muy similares, casi nunca teníamos problemas a la hora de elegir, por lo menos entre nosotros. Lo que no era tan fácil era convencer al tercero en discordia; aunque la verdad es que muchos hombres fantasean con hacer tríos. No es siempre tan fácil encontrar tíos en el típico bar o discoteca (a diferencia, digamos, de una sauna) que estén dispuestos a probarlo cuando se lo propones. Siempre pienso que cuando ven a Jaume, aceptan compartirlo aunque solo sea para poder enrollarse con él: es mejor medio pastel que nada. Y yo me conformo con decidir a quién comparto con él.

Como ambos tenemos una libido muy activa, solemos aceptar cualquier cosa atractiva que proponga el otro. Así que le pregunté en castellano a nuestro rubio barquero con todo el descaro del mundo: ¿Y qué nos pagas por el servicio de taxi? mientras me frotaba la entrepierna con una mano en un gesto inequívoco. Jaume me echó un vistazo y esbozó una sonrisa; estaba de acuerdo. Luego miró al tipo en la cubierta mientras esperábamos una respuesta. El rubio echó una ojeada al creciente bulto bajo mi diminuto bañador azul, luego miró hacia la orilla, y de nuevo a Jaume y a mí.

De acuerdo dijo, subid. Y se apartó del costado del barco. 

Yo también miré hacia la orilla, ensimismado en mis pensamientos; me preguntaba qué vería la gente desde la playa. Me preguntaba si alguien nos vería subiendo al barco y, en especial, si los miembros del equipo de kayaks se enfadarían con nosotros por abandonar la embarcación. Me preguntaba si nuestras cosas, todavía en la playa, estarían a salvo. Me preguntaba si habíamos sido sensatos al subir a este barco lleno de extraños; ¿y si eran los famosos asesinos del hacha y tiraban nuestros cuerpos descuartizados por la borda para que los peces se comieran las evidencias? Me preguntaba qué aspecto tendría nuestro futuro pasajero sin su traje de baño. Le propiné un golpe a Jaume en la espalda con mi remo y le dije: Vamos.

Atamos el kayak a la escalerilla y subimos llevándonos los remos. Lo último que deseábamos es que una ola se los llevara estando a bordo y nos dejara varados. Además, suponía que si los cogíamos sería mucho más difícil que uno de los hombres del barco nos robara el kayak. Seguía desconfiando de ellos. Siempre era cauto. Cuando ligaba en tierra, y me llevaba alguien a casa, recelaba de él; me aseguraba que no hubiera ningún objeto de valor fácil de mangar y escondía la cartera en un lugar inesperado. Jamás había tenido un problema, pero no costaba nada ser precavido.

Seguí a Jaume hasta la cubierta. Nos rodeaba un grupo de unos siete hombres, algunos en bañador, como nosotros, otros en ropa de verano. Nos observaban como si también desconfiaran de nosotros. ¿Y quién podía culparles? ¿O había algo más que curiosidad en sus ojos? ¿Habían oído por casualidad nuestra conversación? Y los que la habían oído y entendido ¿qué pensaban de ella?

El tipo que quería que le lleváramos, estaba de pie con el resto, pero sin mezclarse con ellos. Tenía una identidad distinta a la del grupo, quizá por ser el único al que reconocía; le había visto primero a él, inclinado sobre el costado del barco, llamándonos. También porque estaba un paso más atrás del resto, como para remarcar el hecho de que se iba y ellos se quedaban. Me fijé en los otros hombres, un grupo de homosexuales tan variados como uno pueda imaginar, desde una reina excesivamente arreglada a un machote con pinta de heterosexual y aspecto de jugador de fútbol. Me preguntaba si el rubio siempre había formado parte de esta tripulación tan variada o había llegado nadando. Miré su entrepierna, pero tenía el bañador seco, lo que significaba que llevaba a bordo el tiempo suficiente como para que se le hubiera secado. Mientras lo observaba, me dio la impresión de que le aumentaba el paquete, como anticipándose a lo que habíamos planeado, y sonreí no sólo ante la idea de nuestro sexo inminente sino también por la manera en la que imaginaba le hacía sentir a él. Eché una ojeada a los otros hombres mientras me frotaba la entrepierna distraídamente, pero no establecí conexión sexual con ninguno de ellos. De pronto empecé a entender por qué deseaba ir a tierra.

Nuestro hombre no hizo ningún gesto para presentarnos o presentarse él y me pregunté si lo que hiciéramos, fuera lo que fuese, lo haríamos delante de todos. No era la primera vez que teníamos público, así que tampoco me perturbaba demasiado, además sabía que tampoco era un problema para Jaume. Me acerqué a él y le ayudé a desabrocharse el chaleco salvavidas, dejando que cayera en la cubierta. Al chocar la hebilla con la madera se produjo un verdadero estruendo, magnificado por la ausencia total de conversación. Jaume no se había movido, de pie a horcajadas sobre la correa del chaleco que tenía entre las piernas y que ahora había formado dos círculos que conectaban el salvavidas. Al mirar los musculosos muslos de Jaume me lo imaginé como el famoso Coloso de Rodas cabalgando por el estrecho. ¡Qué espectáculo navegar entre esos muslos gigantescos y levantar la cabeza!

Alargué la mano para acariciar la polla de Jaume por encima del tejido verde del bañador, mirando desafiante a los hombres que nos rodeaban. Al igual que yo, Jaume ya estaba medio empalmado y sentí cómo su polla respondía a mis dedos. Los hombres se mantuvieron en silencio, contentos, o eso parecía, de ser voyeurs sin más. Incluso el rubio del bañador naranja estaba callado, aunque observaba cómo mi mano se movía, mirándome de vez en cuando y bajando la vista después. Al final se acercó a nosotros y se arrodilló delante de Jaume. Le bajé el bañador verde hasta las caderas y su miembro brotó libre del tejido opresor. De pronto, el rubio extendió la mano y se lo cogió. Miré a las personas que nos rodeaban esperando una reacción, pero seguían inmóviles como estatuas. Lo normal hubiera sido que se hubiesen implicado, o que hubieran comentado algo entre ellos, que hubieran manifestado de algún modo que estaban allí, aunque no activos, por lo menos presentes y conscientes. Si nos hubieran ignorado claramente, si hubiesen continuado conversando como si no estuviéramos fornicando delante de ellos, habría sido un reconocimiento más directo. 

Los aparté de mi cabeza y me dediqué a observar cómo el culo de Jaume se contraía una y otra vez empujando su polla con fuerza en el interior de la boca del rubio. Mi polla empezó a crecer al ver el rabo de mi amante siendo acariciado por la boca de este desconocido, hasta asomarse por el lateral de mi bañador. Todavía llevaba puesto el chaleco salvavidas y la correa que tenía entre las piernas me impedía bajarme el bañador tal como lo había hecho con el de Jaume. Me las arreglé para sacar la polla y los huevos por la entrepierna y empecé a cascármela; no quería agobiarme con el lío que se había formado con el chaleco, y la presión que ejercía el tejido prieto del bañador contra la base de mi polla era muy placentera. 

El rubio seguía llevando el bañador naranja mientras le hacía una mamada a mi novio. Parecía como si la ojeada que le había lanzado a su polla hubiera despertado en él un sexto sentido pues, sin levantar la mirada o romper el ritmo que mantenía con el rabo de Jaume, extendió el brazo y agarró el mío con una precisión infalible, como si durante todo este tiempo hubiera sido consciente del lugar que ocupaba con relación a él. Ésta era una habilidad que admiraba en los hombres que la poseían, como la capacidad para localizar los pezones a través de una camiseta sin previamente haberles metido mano. 

Volví a observar a los hombres que nos rodeaban mientras el rubio seguía masturbándome, pero era como si el tiempo se hubiese detenido para ellos a juzgar por su falta de vitalidad. Examiné con atención sus entrepiernas para comprobar si, por lo menos, les estábamos deleitando con un buen espectáculo, pero era difícil saber si se habían excitado o no. De pronto el rubio modificó el ritmo, como percatándose de mi falta de concentración y tiró de mi polla hasta obligarme a cambiar de posición. Me tambaleé hacia delante hasta que, de pronto, me hube deslizado en la humedad de su boca. Contemplé cómo sus labios subían y bajaban por mi verga, y más allá de su rostro, pude ver el contorno de su polla, claramente tiesa, dentro del bañador naranja. No hizo ningún gesto para quitárselo ni tampoco para tocarse por encima de la prenda. Me alegró saber que, a juzgar por su erección, estaba disfrutando de forma evidente. Cerré los ojos, dejé de pensar y me abandoné a la magia resbaladiza de su lengua en mi polla. Con los ojos todavía cerrados alargué la mano y encontré el pezón perforado de Jaume, como si de repente hubiera adquirido esa habilidad que tanto me asombraba, aunque creo que simplemente era por la amplia zona que ocupaba el piercing. Tiré de la anilla de plata con suavidad, sonreí y abrí los ojos, encontrándome a mi amante con la misma sonrisa. Lo agarré por el cuello y tiré de él para besarle.

Por debajo, el rubio nos había agarrado ambos miembros y estaba haciéndonos una doble paja mientras cogía aire. Tal vez estaba recapacitando, pesando nuestros rabos en su mano, mientras decidía su próximo movimiento. Tiró de ambas pollas hasta colocarnos uno junto al otro, entonces nos metió en su boca a la vez. Es una sensación extraña porque no es como tener un par de labios abrazándote fuerte la longitud de tu polla, aunque compartir algo tan íntimo con mi amante hacía la experiencia más intensa. Jaume y yo teníamos nuestras lenguas enroscadas mientras el rubio recorría con la suya nuestros sensibles capullos, liberados del prepucio gracias al estado de excitación. Sentí que la respiración se me aceleraba al acercarse el momento del orgasmo, me agarré el rabo con una mano y empecé a masturbarme. Jaume hizo lo mismo. Miré al rubio para ver cómo estaba respondiendo, pensé que quizá se estaría tocando, pero parecía estar simplemente contemplando cómo nos las cascábamos, disfrutando del espectáculo desde nuestras entrepiernas. De repente se inclinó y empezó a lamerme los huevos. Instantes más tarde estaba lanzando cortos arcos blancos de semen a la cubierta. Emití con cada espasmo una especie de gruñido en el cuello de Jaume, y aún teniendo los ojos cerrados en éxtasis sabía que Jaume había acelerado el ritmo de su mano. Poco después su lengua me estaba explorando la profundidad de mi boca mientras, también él, se corría. 

El rubio continuaba arrodillado delante de nosotros con una amplia sonrisa en el rostro. Ahora que el sexo había concluido, el resto de los pasajeros retornaron a la vida. Al principio, perdido en la sensación placentera del orgasmo, no entendí qué era ese ruido, pero pronto comprendí que habían reanudado la conversación, hablaban de cosas corrientes aunque de vez en cuando nos echaban un vistazo. Tal vez lo hacían porque tanto Jaume como mi polla seguían desnudos a la vista de todos, la mía encogiéndose tras la eyaculación, la de Jaume, todavía rígida; siempre tardaba un tiempo en relajarse. 

Bueno, está claro que esto merece un viaje en primera clase a la playa anuncié. 

El rubio esbozó una sonrisa y se puso de pie. Me pregunté si tendría intención de besarnos, esperaba que así fuera, pues haría el encuentro un poco más… afable. Pero pasó el momento y se volvió con los otros.

Jaume se agachó y se subió el bañador. Metió los pies en las correas del chaleco salvavidas y yo le ayudé a ponérselo mientras el rubio se despedía de sus amigos. Vi cómo les decía adiós con un beso, a algunos en las dos mejillas y a otros directamente en los labios. Me pregunté lo que debían sentir al saber el lugar en el que había estado su boca momentos antes. ¿Estarían asqueados? ¿Celosos? ¿Indiferentes como cuando nos habían estado mirando? No estaba seguro. Y en realidad no importaba.

Jaume y yo descendimos primero con los remos. Me pregunté qué ocurriría si partíamos antes de que bajara el rubio. No había nada que nos obligara a esperarlo más que nuestra palabra. ¿Qué podía hacer? ¿Quejarse a la policía de que nos había hecho una mamada y que no le habíamos llevado a la orilla a cambio? No iba a zambullirse detrás de nosotros pues le aterrorizaban las medusas. Y con razón, pues vi en el agua junto al kayak cómo florecía una fantasmagórica sombra blanca.

Le esperamos, un intercambio honrado tal como habíamos acordado, y una vez se hubo sentado en la pequeña cresta entre los asientos, comenzamos a remar y alejarnos del barco. Oímos cómo sus amigos le llamaban, oímos otros gritos, ruidos y sonidos de frivolidad procedentes de esos hombres a los que no podíamos ver desde nuestra estratégica posición. De pronto, el barco parecía un lugar animado y divertido, lo contrario de lo que había sido estando nosotros abordo. ¿Habíamos sido la fuerza inhibitoria? Quizá era nuestro pasajero. En realidad no importaba. Mi pareja y yo habíamos disfrutado mucho del encuentro privado entre la multitud y, por lo menos yo, no me arrepentía. 

Nuestras paladas nos llevaron hasta la orilla.

Gracias dijo nuestro pasajero saltando del kayak y caminando por el agua hacia la playa. Se volvió para despedirse con la mano, de nosotros y de los del barco, y se dirigió playa arriba. Me pregunté qué planes tendría, si lo volveríamos a ver más tarde en el baile. O a cualquiera de los hombres del barco…

Uno de los encargados de los kayaks se acercó a nosotros corriendo y nos reprendió con un grito por habernos acercado tanto a la playa. Nos dijo que debíamos adentrarnos en el mar hacia aguas más profundas o llevar el Kayak a la zona de lanzamiento. Lo empujamos y remamos de nuevo hacia las olas altas y las medusas fantasmagóricas. El cielo estaba azul, el mar cálido, mi novio estaba conmigo, y acabábamos de hacer un trío con un rubio muy sexy. En la playa, detrás de nosotros, se celebraba una fiesta para celebrar el hecho de ser gay. Era uno de esos momentos perfectos.

Remábamos sin rumbo, disfrutando sin más de deslizarnos por la superficie. Al cabo de un rato, Jaume se volvió hacia mí y me preguntó en catalán:

¿Què et sembla si tornem al vaixell per veure si hi ha d’altres que necessiten que’ls hi portem? 

Esbocé una sonrisa y, sin mediar palabra, clavé el remo en el agua a modo de timón, para desviarnos rumbo al barco como respuesta a la petición de mi amante.

FIN.

© Lawrence Schimel 
©
 de la traducción: Cristina Palés

El relato que reproducimos aquí, con autorización expresa del autor, forma parte del volumen Dos chicos enamorados (Editorial Laertes, Barcelona, 2001).

*Fuente: The Barcelona Review

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