Título original: YOU MELTED ME (2010)

Autor: Kari Gregg

Página de autor:

www.karigregg.com

 

Leland Whitacre –el propio Leland Whitacre– se inclinó sobre mi polla. El peso de su hombro presionándome, debajo de él, en el colchón. Mi cabeza daba vueltas; mi pulso tronaba en mis oídos.

Mi jefe.

El hombre que firmaba mis cheques, o mejor dicho, que pagaba a Bess Starkey, de Personal, por encargarse de la nómina que incluía mi sueldo.

Leland jodido Whitacre.

Deslizando su boca por mi pecho.

Y dirigiéndose directamente a mi polla.

¡Oh, Cristo!

—Shh, Brian —contestó a mi roto gemido. Mi estómago anudado al calor de su aliento en mi piel—. Déjame cuidar de ti.

Seguro.

¿Al igual que cuidó de mí durante los últimos dos meses? ¿Magreo sudoroso en oficinas vacías después de horas y almuerzos robados en hoteles con descuento? Fue culpa mía, por flirtear después de que le sorprendiese mirando mi culo tras ser promovido desde el Registro de datos al Pool de secretarios en la planta ejecutiva. Culpa mía por rendirme a él, una y otra vez, después de que mi ‘por favor-fóllame-sonrisa’ hubiese dado lugar a que me inclinase sobre su escritorio con los Dockers en torno a mis tobillos, aquella primera noche, en su oficina.

Culpa mía por confundir el sexo con algo más.

Dios sabe que las chicas habían intentado avisarme. No es que yo hubiera necesitado chismes de oficina para confirmar que el brillo perverso en sus ojos oscuros era la marca de un jugador. Tampoco necesitaba que nadie me dijera que follar con uno de mis jefes era, a todos los niveles concebibles, una estupidez.

No había importado.

Una mirada de él había borrado todo ápice de sentido común de mi cerebro. Y todavía lo hacía. Evidencia A para el enjuiciamiento: yo estaba necesitado, desnudo y retorciéndome por más, bajo la fuerte presión de su cuerpo, cuando yo había jurado que no ocurriría de nuevo. Cuando me había prometido ser más fuerte; que en esta ocasión, me resistiría.

Dos minutos de sus besos, bajo el muérdago en la Sala de personal, fue todo lo que llevó desintegrar mi resolución. Incluso ahora, retorciéndome y sudando de excitación, me sentía orgulloso de ello. Dos minutos. No uno. Dos. No me había derrumbado bajo el primer beso, cuando su lengua había trazado la línea de los labios, ni siquiera en el siguiente, cuando sus incisivos dientes blancos habían mordisqueado mi labio inferior de la forma en que él sabía que me gustaba.

Sin embargo, había caído del mismo modo. Duro. Al igual que los gruesos copos de nieve que se desplomaban desde el cielo gris al manto de la ciudad. Yo no había dicho ni una palabra de protesta cuando me guió de la Sala de personal al área de estacionamiento, ni me había negado el calor de la marca de su mano sobre mi muslo cuando su Laredo había crujido, a través de acres de nieve, para llegar a este vacío, y resonante, condominio en el otro lado de la ciudad.

Yo era una puta fácil para él.

Y, maldita sea, Leland lo sabía.

Ladré cuando me mordió en la piel sensible entre el muslo y la ingle. —Quédate conmigo, cariño. —Sus dedos untados con lubricante se clavaron en mis caderas como garras sujetándome, todavía, mientras me retorcía—. ¿Me echaste de menos? —Enterró su nariz en mi mata de vello púbico rubio y respiró profundamente—. Sé que lo hiciste. Di que me echaste de menos.

No.

¡Dios!, no.

Yo temblaba, mi cabeza daba vueltas mientras él arraigaba a través de los flexibles rizos para lamer la base de mi pene, pero no importaba la tortura de su boca en mi polla, yo no lo diría. No es que necesitara decirlo. Ambos sabíamos la verdad.

Por supuesto, le echaba de menos.

Con cada latido de mi roto corazón.

Sin embargo, no había, al parecer, quebrado mi polla. Aferré con los puños de las manos la sábana que cubría el ralo colchón, y dejé escapar un gemido de lasciva lujuria cuando se abrió camino por la longitud de mi pene, los labios apenas rozando sobre mí, tan bueno, que luché contra su sujeción para acercarme más.

—¿Brian? —gruñó él, con voz tensa, en alerta.

Jodido orgullo.

Yo no necesitaba el orgullo.

Necesitaba su boca sobre mí. —Por favor.

Trazó delicados círculos alrededor de la cabeza de mi polla.

Si no me envolvía con sus labios, muy pronto, iba a perder mi jodida cabeza.

—Se acabó el esquivar mis llamadas telefónicas. —Lanzó su lengua para lamer el líquido pre-eyaculatorio de mi ranura—. Nada de huir cuando te busque en el trabajo, ¿y cuando llame a la puerta de tu apartamento?, por supuesto que la abrirás. Cuando tengamos problemas, vamos a hablarlos. Nada de esconderse otra vez. ¿Entiendes?

Sus manos me sujetaban en el sitio, exactamente donde él me quería, pero mi espalda se arqueó, ardientes chispas atravesándome rápidamente con cada burlona lamida. —¡Jesús!

Besó la punta de mi pene. —Di 'Sí, Leland, entiendo’ y te succionaré el cerebro a través de la polla.

Golpeé la cabeza contra el colchón, contoneándome en serio ahora. —Yo…nosotros… rompimos.

—Y ahora tenemos una reconciliación. —Destelló una sonrisa maligna—. Nene, si todavía no me amaras, ¿crees que me dejarías hacer esto?

Bajó la cabeza.

Calor húmedo envolvió la cabeza de mi polla.

Grité, mi orgasmo ya hormigueando en la base de mi columna. No. Infiernos no, no le dejaría que me chupase si aún no le amara… pero él levantó su boca pecadora, soplando sobre mi sensible polla, así que me estremecí y gemí de nuevo.

—Dime que lo entiendes, Brian.

Jadeé. —Lo entiendo Brian.

Se echó a reír contra mi pene.

Dios, odié su risa. La amé. La anhelé. Me había dolido la chispa burlona en sus ojos y había soñado con su sonrisa durante las dos semanas que estuvimos separados, pero había echado de menos sus bajas, roncas risitas ahogadas, sobre todo.  —Listillo. —Me sonrió—. Pórtate  bien, cariño. O no te correrás durante horas.

Me engulló de un solo trago goloso.

Mi respiración se atascó en el pecho.

Mis ojos se cerraron de golpe.

¡Mierda, era bueno!

No tenía sentido pelear con él; aquel tren había abandonado la estación cuando lamí la lengua que había empujado en mi boca en la Sala de personal, como si él me hubiera ofrecido un sabroso manjar. Así que no luché contra ello. Se saldría con la suya, como lo había hecho tantas veces antes, y yo se lo permitiría porque no importaba que mi cabeza gritara que no debería –no podía– estar con él; mi polla no estaba de acuerdo y mi corazón, mi pobre y tonto corazón, lo necesitaba más de lo que necesitaba mi siguiente respiración.

Su cabeza se mecía sobre mi polla, trabajándome más profundo. ¡Jesucristo! Hizo papilla mi cerebro. Lo único que podía encender mi mecha más rápido era su lengua en mi culo o su pene entrando y saliendo de... Gemí y su gemido salvaje se hizo eco del mío, escalofríos bajando por mi polla que me prendieron fuego.

—Leland —lloriqueé, trabajando mis caderas en contra de su agarre y jadeando por aire, rogándole ahora.

Me soltó la cadera, dándome libertad para bombear en él. —Oh Dios, Leland, por favor. —Su garganta se apretó a mi alrededor en el mismo instante que su escurridizo dedo se deslizó por la hendidura para presionar ligeramente mi agujero y, de repente, no pude soportarlo más. —Joder, sí. Dentro, dentro, dentro.

Su dedo entró en mí, doblándose para encontrar mi próstata.

Grité.

Expulsé chorros de lo que debía haber sido gran parte de mi cerebro en su garganta. Lamió mi semen –y a mí– largos minutos mientras mi cabeza daba vueltas en el vertiginoso, electrizante caos.

Un segundo dedo se unió al primero saqueando mi agujero.

Gruñí, moviendo mis caderas ahora para escapar de la atención que me daba al mamar y succionar mi sobre estimulada polla. A cambio, me estremecí en el momento en que sus deslizantes dedos se enterraron en mi culo tan profundo como era posible. Vacío. Me sentía  tan insoportablemente vacío sin él.

Temblé.

Me chupó mi desgastado mástil, enviando, a partes iguales, placer y astilloso dolor a mis bolas. —Dios, tienes un sabor dulce. —Gemí cuando tragó profundamente mi suavizada polla—. Apuesto a que te has ventilado zumo de piña por galones. Sabías que iba a perseguirte.

Lo esperaba.

Lo había esperado.

Sin embargo, con sus dedos en mi culo y su boca castigando mi sobrecargada polla, todo lo que podía hacer era gimotear sin pensar.

Se sacó mi polla con un pop rudo, húmedo. —Nunca voy a renunciar a esto. —Sonrió hacia mí, sus labios obscenamente hinchados y rojos—. Nunca te rindes. —Su mano libre encontró mis bolas, amasándolas suavemente—. Vamos, cariño. Dime cuánto me quieres.

Sus dedos se fijaron a mi próstata, enviando insistentes sacudidas de placer por mi tembloroso cuerpo. —Necesito... —Sacudí mi cabeza de lado a lado en el colchón, perdido en lo que estaba haciéndome. Perdido en todo lo que era nuestro sexo: el almizclado olor de Leland, la sedosa presión de su piel sobre la mía, la maravillosa magia de sus dedos bailando en mi interior—. Fóllame, Leland. Te eché... —apreté los dientes—. Te eché de menos.

Arqueó la ceja. Asintió con un movimiento de cabeza hacia mi polla. —Muéstrame.

Sin aflojar el puño de las sábanas, alcancé mi suave, humedecido pene. Envolví mi miembro que aún hormigueaba en mi palma e inicié un alucinante, casi doloroso masaje.

—Eso es, dulce. Tan sexy. —Se levantó a besar mi cadera y luego se echó a reír de nuevo, el muy bastardo—. Como Dios es mi testigo, que te mantendré conmigo todo el fin de semana, tan follado y feliz como para mover nada salvo tu mano en tu polla, hasta que yo lo diga.

Parpadeé.

¿El fin de semana?

¿Todo el fin de semana?

Mi polla se sacudió en mis manos, tensándose sólo con la idea de pasar días enteros a solas con él, pero...

¿Qué pasa con Leland Whitacre, Senior?

¿Qué pasa con la Junta, la cual había prohibido la confraternización entre los empleados?

¿Qué pasa con mi trabajo?

Sus dedos empujaron clavándose de nuevo en mi próstata, disparando una sacudida de placer de mi culo a mi pene. Levanté las caderas, montando la palma de su mano de modo que sus dedos excavaron un túnel más profundo en mi culo.

Al infierno con ello.

Trabajo de mierda, de todos modos.

—Fóllame, fóllame, fóllame —cantaba yo, pero no se dejó influir por ninguna de mis súplicas. Simplemente bateó mi mano lejos de mi polla y envolvió sus dedos en torno a mí. Me acarició. Tan duro. Tan bueno. Mis talones excavando en las sábanas, los dedos de mis pies encogiéndose.

Su boca se cerró de golpe sobre la mía, su lengua se lanzó dentro. Me saboreaba a mi mismo en él, la cítrica picadura dulce de mi semen aderezado con el zumo de piña que –tenía razón– me había ventilado cada mañana por él.

—Eso es, nene. Córrete duro para mí —jadeó contra mis labios—. Quiero ver cómo te corres cuando estoy dentro de ti.

Levanté la cabeza y lo besé, tan hambriento de Leland que le prometería cualquier cosa. Le daría todo. Rodeé su sudoroso cuerpo con mis brazos y bombeé mis caderas para follar su puño, lloriqueando en su boca como una histérica chica mientras sus dedos jugaban licenciosos y perversos en mi culo.

Apartó su boca. —Suficiente.

Me calmé apoyado en él solamente cuando alcanzó el condón.

Yo, no Leland, arranqué el envoltorio abierto y deslicé el látex por su hermosa polla. Mis manos temblaban miserablemente, busqué a tientas el lubricante.

—Si me tocas de nuevo, voy a explotar. Déjame hacerlo. —Lubricó su propia polla.

Rodé sobre mi estómago, elevándome sobre las rodillas...

—No.

Con el pecho agitado, miré por encima del hombro. —¿Qué…?

—De espaldas, cariño. —Sacudió la cabeza—. Rodillas arriba.

Le miré boquiabierto.

Me había inclinado sobre su mesa de trabajo, la copiadora de oficina, las camas en habitaciones de moteles baratos y, una vez, sobre el parachoques delantero de su Laredo. Nunca me había follado cara a cara, sin embargo. Jamás.

Por otra parte, nunca me había llamado cariño, nene o dulce antes, tampoco. —¿Leland?

Me dio un codazo en el costado. —Está bien, Brian. Sólo haz lo que digo.

Mi pulso latía a partes iguales con la excitación y el pánico cuando me colocó como deseaba, de espaldas y mirándole de frente. Alcé las rodillas cerca de mis hombros y las dejé allí. Se trasladó a su sitio.

Mis pestañas descendieron hasta el beso de su polla en mi agujero y gruñí al sentir el enloquecedor alivio cuando me penetró. Me concentré en relajar mis músculos, desesperado por tenerlo dentro de mí tan rápido como pudiera. Más lejos. Más profundo. El intermitente deslizamiento de su polla en mi culo asentó algo en mi corazón. En mi cabeza. —Dios, te eché de menos —susurré.

Se inclinó para cepillar sus labios sobre los míos. —Mírame.

De mala gana abrí los ojos, aterrorizado de ver la burla o peor, la compasión en su mirada. Pero no lo vi. Sus oscuros ojos brillaban con calidez. Con –¡Dios me estaba convirtiendo en una chica!– algo que rayaba en la adoración. —También, te eché de menos.

Mi garganta se atoró. Tragué saliva.

Afortunadamente, Leland me salvó de mí mismo echando su cadera hacia atrás y embistiéndome de nuevo.

Mi corazón se detuvo.

Juro que vi las estrellas.

Su abdomen descendió friccionando mi polla y lo que sea que quedase de mi cerebro desapareció.

—Eché de menos tu dulce culo —dijo Leland, gruñendo mientras él me follaba—. Eché de menos tu olor, tu sabor. —Sus dedos se clavaron en mis caderas—. Eché de menos tu fóllame-Leland sonrisa burlándose de mí en el trabajo. —Mi espalda se arqueó cuando se pegó a mi glándula—. Eché de menos tus feas corbatas y la basura country que escuchas en tu iPod. Y tu coche que no arranca. —Se frotó la nariz por mi mandíbula mientras jadeaba y suspiraba y gemía—. Eché de menos tus estúpidas bromas. —Rozó sus labios con los míos para besarme, barriendo dentro y fuera con su lengua, en una cruda imitación de lo que su polla estaba haciendo a mi cuerpo, que me estremecí y sacudí, balanceándome en el borde—. Incluso eché de menos esta —otro beso— pequeña —mordisco juguetón— boca.

Yo lloriqueaba en señal de protesta cuando se retiró, incorporándose para mirarme fijamente, la mirada cruda y depredadora.

Y caliente.

¡Oh, mi jodido Dios!

Y luego se congeló.

Sólo se detuvo.

¡Ese malvado hijo de puta!

Si me hubiera quedado cerebro para maldecirle o golpearle, juro que lo hubiera hecho, pero todo lo que podía hacer era jadear y mirarle fijamente. Mi cuerpo temblaba, dolorido por correrse. —¿Leland?

—Nene, te dije que necesitaba tiempo —dijo en un gruñido sordo que hizo que mi cuerpo apretara como un puño alrededor de su polla.

Dios, le amé cuando me miró así, como si nunca tuviera suficiente de mí y fuera capaz de destruir a cualquier hombre o mujer que se atreviera a separarnos. Incluyéndome a mí. Lo mataría por detenerse cuando estaba tan cerca de correrme, seguro.

¿Aquello? Maniobra del culo de titánicas proporciones, pero viví para esa mirada. Posesivo. Ansioso. Su iracunda mirada me decía que yo, de verdad, le importaba; que quizás era lo único que le importaba.

Mi orgasmo, sin embargo, aferrado a la base de mi pene.

Debido a que Leland me miraba fijamente, todo gruñón y exigente, también yo era una caliente puta.

—No puedo cambiar la política corporativa de la noche a la mañana. Ser el hijo del dueño lo hace complicado. Te llamaron a Personal para asegurarse de que no te acosaba sexualmente; Papá me dijo que me borraste. No hay banderas en mi archivo. Yupi. Y Bess te contó que la Junta había votado a favor de revocar nuestra política de confraternización, también. Se lo pregunté. Cuatro veces. Mientras que nunca trabajes directamente bajo mis órdenes, podemos estar juntos. —Me frunció el ceño, moviendo sus cejas, de modo clamoroso—. Pero aún así no tomarás mis llamadas.

¿Por qué, en nombre del dulce niño Jesús, seguía hablando?

Sí, yo había vivido para que él me mirase, sólo una vez, como si yo fuera el centro de su mundo, pero... había dejado de follarme y, sintiéndolo mucho, no podía comerme con los ojos y no follarme. Sobre eso había una ley federal escrita en alguna parte. Estaba seguro: No volver loco a Brian Arthur Harte a menos que su legítimo follable-culo esté involucrado. Y si no había una maldita ley, debería haberla.

Así que yo me retorcía debajo de él, montando su polla desde abajo. Necesitaba. Sólo un poco más. —Por favor, Leland. Por favor.

—Nunca vas a dejarme de nuevo. Dilo.

Lo habría intentado. Estaba bastante seguro de que no podía manejar más que ruegos ininteligibles, pero realmente lo intentaría. Excepto que tenía sus labios inclinados otra vez sobre mí, duros. Castigando. —Dilo.

Se echó hacia atrás y empujó su polla de nuevo dentro de mí.

Me estremecí. Violentamente.

Cerca. Tan cerca.

Su ceja se alzó en un arco cruel. ­—¿Brian?

—N-no —jadeé, lamiendo en salvaje abandono su adusta boca—. Nunca te dejaré, nunca, nun…

Se retiró y cuando de nuevo clavó la rígida longitud de su eje en mi culo, en esta ocasión, acertó en mi punto dulce.

Grité.

Su boca torcida en una salvaje sonrisa. —Tú me amas, Brian. Sé que lo haces.

¡Por fin! Algo a lo que podía aferrarme. Algo básico, perfecto y verdadero. —Sí.

Soltó un bufido. —Entonces, dilo. Di que me amas, Brian.

Mi cabeza se balanceaba arriba y abajo en un enfebrecido, urgente movimiento. —Te quiero, Brian.

Se rió por lo bajo. —Tonto del culo.

Pero a él le gustaba mi culo –mucho– y alabado sea Dios, se puso a follarme en serio.

Herido ya en firme, me corrí con los latidos del corazón. Lanzando chorros espesos y húmedos entre nosotros, pinté su pecho y mi abdomen con calientes hilos. Él debía haber estado tan excitado como yo, porque ¿cuándo bajé mis piernas y las envolví alrededor de sus pistoneantes caderas, susurrando sucios estímulos en su oído mientras bombeaba dentro de mí? Echó hacia atrás la cabeza y rugió, su polla como acero en mi culo cuando latió y disparó.

Colapsó contra mí, su cuerpo demasiado pesado, pero él me había follado hasta licuar mis huesos, así que no importaba. En lugar de objetar, coloqué mis dedos en su sudoroso y húmedo cabello. Le di un beso en la sien.

Soltó un gruñido. —La empresa de bienes raíces de mamá se encarga de las ventas de unidades en este edificio. Ella dice que puede conseguirnos un acuerdo sobre el condominio y que hará el cierre, gratis, como regalo de Navidad para nosotros. Si lo queremos.

Su mamá estaba a veinte millas de Scary[1], por lo que mi mente inmediatamente saltó al momento vital que recordaba vagamente, Leland arrastrándome de camino hacia el colchón, que di gracias a Dios de que él, en lugar de su madre, se hubiese tirado a la piscina por nosotros. Para esta noche. Nuestro largo fin de semana, juntos.

Infierno, me habría acostado con Leland en un cobertizo de Sears, le habría seguido a cualquier parte. Pero su familia no había rechazado al vándalo de su hijo gay, no nos habían vuelto la espalda. Todas aquellas noches que perdí la esperanza de que Leland no había estado dándome largas cuando había prometido que hablaría a su familia sobre mí una vez que estuviera seguro de que no me costaba mi trabajo. Las semanas que había agonizado por lo que sus padres pudieran pensar de mí: busca fortunas, zorra de oficina que me acostaba con cualquiera para trepar a lo alto. Nada de eso era cierto, pero un horrible escenario tras otro había pasado repetidamente por mi cabeza, durante tanto tiempo, que me había paralizado.

¿Por qué siempre es tan fácil creer las cosas malas? Era más fácil creer que Leland me había estado utilizando y que estaba cubriendo sus bases en la oficina. Era más fácil creer que lo que teníamos era un producto de mi desesperada y esperanzada imaginación, y completamente imposible en el mundo real de política corporativa y de desaprobación parental.

Por eso, cuando Bess me había llamado a Personal...

No fue uno de mis mejores momentos, pero sí, había huido.

No podría huir de él ahora. Se había asegurado de ello. Desnudo, aún sacudiéndome del par de orgasmos que me había dado y empalado en su polla, no iba a ningún sitio al que Leland no quisiera que fuera.

Pero tal vez lo malo no era más fácil de creer, después de todo. Con su peso presionándome, sus brazos rodeándome y sus dedos rozando el sudor del sexo en mi hombro, creí en él. Y lo que era más importante, por fin pude creer en nosotros. Había envuelto mi más secreta, fértil fantasía –Leland y yo, viviendo juntos y amándonos el uno al otro– y me la había obsequiado, mía para aceptarla.

Yo podría tener esto todas las noches.

Cuando me estremecí de anticipación, Leland debió de haber confundido eso con otra cosa porque maldijo entre dientes. —Lo siento. Pedí la cena del Giussepi para más tarde. Traje velas, descargué parte de tu Toby Keith en mi iPod, el vino y las flores, las obras. Yo pretendía, hasta hace un par de meses, suavizarte hasta el momento en que te pidiera que te mudaras, pero... me derretiste.

Me reí entre dientes. —Me sedujiste —le recordé, tirando juguetonamente de su pelo.

Su boca se afinó. —Entonces, ¿cuál es tu punto de vista?

Giré los ojos. —Tú me derretiste, Leland. Ese es el punto. No se supone que es a la inversa.

Resopló en mi hombro. —Me derretiste ya desde la primera vez que te pavoneaste en mi oficina, antes de que yo pusiera un dedo sobre ti, y me has derretido desde entonces. Todo lo que tienes que hacer es respirar y ¡zas! Juego acabado.

Deleite agitó mi corazón. Complacido y seducido de nuevo. Sonreí. —¿En serio?

Se movió para mirarme con una oscura mirada. —En serio.

—Está bien —bostecé, con la esperanza de que no notase el rubor complacido que sentí calentando mis mejillas—. Me mudaré.

Sus labios, todavía hinchados por mis besos, curvados en un pecaminoso arco. —Mis padres nos esperan para la cena del domingo. Podemos decirle a mamá que inicie los trámites entonces.

Mi nariz se arrugó. La cosa de la familia todavía me ponía nervioso. ¿Qué pasa si ellos pensaban que yo era un alborotador y una zorra? No ayudaba que tuvieran razón en ambos casos. Sin lugar a dudas, había causado nada más que problemas a Leland y estaba tan colado por él, que hice que los prostitutos pareciesen ángeles. Aun así, su terrorífica madre nos había ofrecido una casa y su padre no me había despedido, tampoco.

Suspiré. —De acuerdo —repetí.

—Bien. —Su sonrisa iluminó los ojos como un maldito árbol de Navidad—. ¿Me lo dices?

Le di un codazo, pues ¿por qué tengo que ser el primero en decirlo, cuándo ambos sabíamos que me había poseído desde la primera noche? —Eres una chica, Whitacre.

Se echó a reír. Me besó. —Yo, también, te amo.

 

FIN



[1] Hace referencia a las películas de Scary Movie, es decir, que la madre estaba cerca de ser aterradora.

 

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Respuestas a esta discusión

Que bien esta ,increible ,me gusta mucho , muchas gracias por compartir , besos

Este relato tiene el encanto de la descripción tan increible de ese momento en el que la reconciliación no parece posible y que cuando acaba ^^ te das cuenta de lo equivocado que estabas,genial!!

MUY LINDO RELATO

:D

Me encanto, que lindo, sexy y romàntico relato,gracias.

Muchas gracias por ese relato. No había leído anda de este autora y me ha encantado.

Es un encuentro de lo más romántico. Se merecería un libro un poco más completo.

El trabajo de traducción es buenísimo.

Muchas Gracias por compartir este relato que aunque corto es muy bueno. Ya tenia ganas de leerme algo de esta autora!! ^^

Muchas gracias por compartir este relato con nosotros me encantoo,,,un relato corto pero maravillosoo!!!!

Este relato me ha parecido buenísimo. Me gusta cómo la autora desgrana los pensamientos que le pasan por la cabeza a Brian.

Me ha sorprendido la autora, no he leido nada de ella antes. Y hombre, no estaría nada mal poder leer más, aunque sean así de cortas las historias, aunque eso sí, intensas. ¡Gracias por compartirlo!

Que reconciliación más sexy, dulce, adore los cuestionamientos de Brian, la seguridad de Leland, ambos juntos como debia ser, realmente me atrapo y hasta a mi me derritió.

Gracias por compartirlo.

Cariños Vicky.

 

Cada vez que lo leo me gusta más. Y creo que debería haber una ley escrita que dijese que relatos como éste de buenos no deben ser cortos, jajaja

Gracias por compartir el relato...

Waaa!!!!!! Muchas Gracias!!!! jojojo... esta super este relato... corto, pero hermoso!!!!

Besotes!!!! .^_^

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