Incluso los que no han leído La Divina Comedia, conocen la inscripción que existe en la entrada al Infierno de Dante: “lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”. Esto es, abandonad toda esperanza los que aquí entráis.

Nuestros políticos parecen empeñados, con los media como caja de resonancia, en grabar a fuego, minuto tras minuto, este mensaje en la frente de los españoles.

Los ciudadanos asistimos con estupor al espectáculo abracadabrante que se nos ofrece cada día.

El Gobierno que cultivó en un alarde de estulticia e idiocia aquello de “cuanto peor, mejor” para acelerar su llegada al poder, se ve arrasado por el tsunami que coadyuvaron a crear con su actitud. En su ignorancia se creyeron sus propias mentiras y pensaron que sólo por el hecho de ocupar las poltronas correspondientes todos los males desaparecerían como por ensalmo.

La realidad, sin embargo, ha sido especialmente cruel con esta gente. No se recuerda Gobierno que incumpla sistemáticamente todo lo que ha dicho, incluso la semana anterior. Ellos, que inculcaron en la ciudadanía aquello de las ocurrencias de Zapatero, se han convertido en la ocurrencia misma. Nadie sabe a dónde van. Todo es improvisación, cambios copernicanos en las verdades absolutas, la pérdida del “oremus” como práctica habitual. Nadie ve un plan, un hilo conductor, una hoja de ruta, una estrategia. Todo es negar la evidencia. La corrupción semántica. Los encantamientos a través de la perversión de las palabras.

La gente hace tiempo que ha dejado de creer. Aguanta pero no confía. Se esfuerza, sufre, pero no se sabe para qué. Los menos malos de estos próceres son los que se ven perdidos sin entender cómo les puede estar pasando esto a ellos.

Pero los hay absolutamente impresentables. La señora Cospedal a la cabeza, que tiene la inmensa desfachatez de predicar e imponer austeridad ascética a todos los ciudadanos con la obscenidad de sus cuatro sueldos millonarios y el patrimonio de su consorte. Si se quiere imponer sacrificios es imprescindible ser ejemplar. Caso contrario se cae en el síndrome de María Antonieta, “si no tienen pan, que coman bollos”.  

Esto pudiera parecer una crítica destructiva al partido dominante. Lo es. Pero esto no hace buenos, sino todo lo contrario, a sus primos de enfrente. El espectáculo que está dando la muchachada de Rubalcaba, con él mismo a la cabeza, es de aurora boreal.

No existe la más mínima vergüenza en denostar todo lo que ellos impulsaron en su momento. Lo que era imprescindible hace dos años, ahora es inaceptable. Evidentemente, elección tras elección, los ciudadanos les dicen que no tragan. El “efecto Rubalcaba”, que tanto predicaron sus mentores de Prisa, ha consistido en cosechar las más ridículas de las derrotas en todos los niveles.

Jamás un individuo rechazado de manera cruel por los ciudadanos ha entendido esto como un mensaje de que debe liderar el proyecto de reconstrucción del partido de la oposición. Solamente en una organización muerta y en descomposición, puede ocurrir que se apoye como opción de futuro el más fracasado de los pasados.

A su vera se han enrolado un grupo de irrelevantes que cumplen a rajatabla lo que parece ser su “santo y seña”: ni ellos podían llegar a más, ni el PSOE a menos.

Con todo lo que está cayendo, se da la dramática circunstancia de que el dream team de Rubalcaba sufre más desgaste en las encuestas que el paladín de los recortes: el partido Gobernante. Pero lejos de hacérselo ver, el aparato de Ferraz se amarra a la silla con desesperación. Y además nos ofrece un último regalo. Sabedor de que unas primarias se los llevaría por delante, han decidido retrasar hasta el límite su celebración. Esto le regala a Rajoy la opción de disolver las Cámaras cuando quiera y pillarles en calzoncillos. De suerte, que Rubalcaba se tenga que sacrificar de nuevo y volverse a presentar, así veríamos que el mínimo histórico de 2011 era, como todo en esta vida, empeorable.

En fin, que no se atisban signos de inteligencia en el país, ni aquí ni allá, que a nadie se le ocurre buscar y propiciar tareas colectivas, en definitiva, un proyecto de país que nos permita un esfuerzo común para conseguir sacar la cabeza de esta ciénaga. Todo el argumentario que se nos ofrece es absolutamente baladí, insustancial, envuelto en retórica huera. Los ciudadanos estamos hartos y asqueados de tanto “y tú más”, de tan poca inteligencia y de tanto debate sin fondo.

Por ejemplo, el debate sobre la Sanidad es para llorar. Todo son eslóganes. Nadie plantea un escenario profundo y riguroso que permita determinar, tras una discusión abierta, cuáles son las líneas rojas que no se pueden franquear, qué servicios deben ser mantenidos, cómo garantizar la universalidad y gratuidad de la Sanidad, cuál es la gestión o las gestiones más eficientes. Es decir, discutir del fondo del asunto para encontrar las mejores soluciones, en vez de usar las banderas de cada cual para pegar en la cabeza del prójimo con el palo de las mismas.

Somos cada vez más pobres, sí, pero en Sanidad, Educación, Justicia, etc., cada vez lo llevamos peor. Y cada vez, unos y otros juegan más con estas cosas que son “cosas de comer” y que, una vez más, no nos llevan a ninguna parte, sólo a que sus señorías se entretengan y se digan rijosidades. En fin, aunque no se adivina bien por dónde, sin duda en algún momento volveremos a ver el Sol y, aunque se empeñen en lo contrario, atisbaremos una señal que nos permita no traspasar la puerta del Infierno. 

Doblech

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