Próximo lanzamiento de "La otra orilla del abismo"

A falta de 10 días para el lanzamiento de La otra orilla del abismo, Sofía Olguín, su autora, ha dado hoy a conocer el primer capítulo de esta novela de fantasía orientada a un público juvenil y que aborda la cuestión LGTBI.

¿De qué trata esta obra? Absalón se define a sí mismo como un hombre de negocios. Nada más cierto: pacta con los seres humanos a cambio de años de vida. Lucienne es un taciturno muchacho que ha perdido la memoria y cuya única posesión es una misteriosa gema que lleva colgando del cuello. 

Juntos recorren París en pos de cosas muy distintas: Lucienne persigue sus recuerdos, mientras que Absalón hace todo lo posible para que nunca los recupere.

Sin embargo, Lucienne no sabe que es perseguido por los siervos de Lucifago, el demonio que gobierna en el Océano Crepitante, un sitio donde moran sirenas, musas, íncubos y súcubos… Un verdadero infierno flotante situado en el fondo del mar.

Con la ayuda de Zabaroth, el jefe del mercado negro de pactos demoníacos; Sheila, una bella tarotista; y Julien, un joven huérfano, deberán luchar contra las fuerzas malignas que amenazan destruir el orden tanto del mundo humano como del Océano Crepitante.

PRIMER CAPÍTULO. EL ANTICUARIO

El salón del anticuario olía a una mezcla de incienso y almizcle. Espirales de humo plateado se elevaban desde un pebetero y se disolvían en el aire, como lánguidos fantasmas perfumados a dioses paganos y tierras lejanas. Allí todo brillaba. Desde la cubertería expuesta en las vitrinas, hasta la pequeña bailarina de nácar que daba vueltas y vueltas sobre el pequeño escenario de cristal.

Afrodita se codeaba con las ninfas hindúes, apsaras de pechos grandes y cabellos de serpientes venenosas. Los jarrones aguardaban ansiosos los ramilletes de diamelas de oriente que los caballeros regalaran a sus damas doscientos años atrás. El único sonido que se oía era el chisporroteo de las piedras de incienso, que chocaban contra el cobre del pebetero produciendo una musiquilla aguda, quejumbrosa, casi animal. Por encima de los chillidos del incienso, se podía distinguir el triste tic tac de los relojes. Era un sonido a veces desesperante. Docenas y docenas de relojes de todos los tamaños anunciaban la llegada del mediodía y de la medianoche, del almuerzo y de la hora del té. 

En el salón del anticuario todo estaba un poco desordenado. Las melancólicas alfombras persas se ahogaban bajo montañas de libros, a la espera de que algún Aladino del siglo XXI llevara a su princesa de paseo por París. El rincón más iluminado del salón era la esquina donde estaban los espejos, deslumbrados por las luces de los candelabros, de las lámparas de aceite, de los faroles de colores que habían adornado los burdeles más concurridos de Babilonia… 

Por encima del llanto del incienso y del susurro de los relojes, se oyó un suspiro. El dueño del anticuario, un hombrecillo que debía subirse a una caja de manzanas para atender a sus clientes detrás del mostrador, miró su propio reloj de pulsera y… volvió a suspirar. El suspiro se perdió por los espirales de incienso, por los pechos de las ninfas, por el resplandor de las velas con forma de cisne. 
El hombrecillo se bajó del cajón de manzanas y sacó un manojo de llaves del bolsillo de su chaleco. El taco de sus pequeños zapatos chasqueaba contra el suelo de madera. El ruido se apagó cuando llegó a la mitad delantera del salón, cubierta por un amplio tapete rojo. Cuando atravesó los laberintos de dioses y héroes griegos, su hombro apenas alcanzó a rozar el cinturón de Zeus.

Se acercó a la gran puerta de vidrio, salió a la calle y contempló la noche. El cielo se había teñido de un alarmante negro eléctrico, salpicado por una que otra estrella madrugadora. Las cúpulas y los techos de las tiendas brillaban, transpirados bajo la humedad nocturna: el tibio aliento de las alimañas que despertaban de su letargo para divertirse por París mientras la ciudad dormía. 

El hombrecillo hizo sonar sus llaves y miró hacia los costados de la tienda. El farol de la esquina iluminaba los autos estacionados. La oscuridad se extendía a su derecha y a su izquierda. Las demás tiendas ya estaban cerradas, habían cerrado temprano, como presintiendo lo que estaba por suceder en el mundo. Pero no así nuestro hombrecillo. Él aguardaba, por eso su tienda era la única que permanecía abierta hasta aquellas horas de la noche. 

Se quedó quieto bajo el portal de su anticuario, con los ojos cerrados, esperando. Las aletas de su nariz se dilataron y entonces… sonrió. Sus dientes eran pequeños, filosos, casi grotescos. Su sonrisa hizo que el resto de las arrugas de su rostro se acentuaran más y toda su piel pareció hecha de la cera de las velas que se derretían en su salón. Sus ojos eran negros, alargados, y ahora brillaban, cargados de emoción, sabiendo que su espera había valido la pena. 

Las dos sombras se hicieron visibles a su derecha, pasaron junto al farol y se dibujaron sobre las baldosas húmedas. La sombra más alta se acercó a su compañera y ambas se fundieron en una única sombra larga y afilada. 

Eran dos jóvenes. 

El hombrecillo los contempló mientras se acercaban. Cuando estuvieron a menos de diez metros, se dio la vuelta, entró en su tienda y puso el cartel de “cerrado”.

—¡Oiga! —se quejó el más joven, frunciendo el ceño con indignación. 

Era un adolescente de unos dieciséis años, delgado, pálido y con la revuelta cabellera de un color rubio cobrizo. Sus ojos eran grandes, azules y se veían asustados, casi rozando la desesperación. Sus manos esbeltas se apoyaron sobre la puerta y quedaron estampadas allí gracias a la humedad, dos ganchudas y fantasmagóricas arañas fosilizadas sobre el vidrio.

—Está cerrado —exclamó el dueño. Su voz era aguda y chillona, como salida de un circo. 
Entonces el hombrecillo se fijó en el otro joven. 

Era un muchacho más grande que el rubio y era demasiado diferente como para ser su hermano. Tenía el cabello negro y lacio como la lluvia. Le pareció ver algo extraño en sus ojos. 

Eran de colores distintos. 

El derecho era de un celeste puro, casi transparente, y el izquierdo era marrón claro, como una gota de miel. A diferencia de su compañero, este muchacho no se veía alterado. Más bien parecía aburrido y contemplaba al hombrecillo a través de la puerta con una expresión entre seria y sospechosa. 
—¡Por favor, ábranos! —pidió el menor, juntando sus manos en actitud de rezo. 

Al verlo, el dueño del anticuario casi se echó a reír. Había algo en ese chico que le resultaba conocido, como si algún artista del Renacimiento se hubiera inspirado en su rostro de rasgos dulces para pintar a las doncellas vírgenes. Había algo en ese rostro que al hombrecillo le parecía extraño, como fuera del tiempo. El chico rubio acercó su cara al vidrio y el hombrecillo pudo ver las perlas de sudor que resplandecían sobre sus labios rosados y en su frente pálida. Entonces, el hombre le apoyó la mano en el hombro y el chico giró la cabeza, mostrando su cuello. 

En ese momento, algo se movió. Algo brilló sobre el pecho del joven, captando la luz que se agitaba a su alrededor. El chico vestía una camiseta blanca y unos vaqueros celestes que le llegaban hasta las rodillas. En los pies llevaba unas zapatillas algo viejas y sucias, sin calcetines. Ahora que lo miraba mejor, toda la ropa del chico parecía estar algo sucia. Su cabello despeinado se veía opaco, grasiento.
El hombrecillo se concentró en aquello que le había llamado la atención. Era una gema de color aguamarina y estaba engarzada en un dije de plata. La cadena también era de plata, de eslabones redondos perfectamente labrados. 

—Vamos, Lucienne —dijo el hombre. El dueño se estremeció al oír esa voz. No era melodiosa y juvenil como la del chico. Era gruesa, cavernosa, grave, como salida del inframundo—. Es tarde.
—¡De acuerdo! —exclamó el hombrecillo. Y para que su emoción no se notara, dejó caer un suspiro. Con lenta parsimonia, sacó las llaves y abrió la puerta. 

El rostro del chico se transformó: su ceño se relajó y sus manos dejaron de retorcerse. Su boca dibujó una sonrisa y sus dientes atraparon el labio inferior, ansiosos.

—Adelante. Límpiense los pies, por favor. Acabo de encerar.

Los jóvenes entraron, se sacudieron los zapatos en el tapete y avanzaron hacia el mostrador. El hombrecillo, de espaldas a ellos, no pudo contener la sonrisa. 

El chico rubio miraba hacia todos lados, como queriendo abarcar con los ojos todos los tesoros que dormían en el salón. Se detuvo junto a Afrodita y acarició los pliegues de su túnica. El mayor, en cambio, se mantuvo detrás de él sin prestarle atención a nada en particular.

El dueño se ubicó detrás de su mostrador y se subió al cajón de manzanas. Ese fue el único momento en que observó algún tipo de expresión en el rostro del hombre. Parecía divertido de que el hombrecillo tuviese que subirse a un cajón de manzanas para atender a sus clientes. 

—¿En qué puedo ayudarlos?

El chico rubio se quitó la cadena del cuello y la apoyó sobre el mostrador.

—Doscientos cincuenta —dijo el dueño, apenas la gema hubo tocado el vidrio—. Ni un centavo más—. Pero el chico negó con la cabeza.

—No quiero venderla —susurró—. Quiero saber qué es.

El mayor bajó la mirada hacia la gema y luego miró al hombrecillo. Sus extraños ojos se entrecerraron con malicia, como desafiando al dueño a que se atreviera a develar la naturaleza de esa joya. 
El hombrecillo extendió la mano derecha y el chico levantó la gema y la colocó sobre su palma abierta. El hombrecillo sonrió. Con la izquierda abrió un cajón y extrajo un artilugio en forma de copa que se calzó en el ojo. Luego acercó el dije a su rostro. 

—Es una gema que se llama menkalinen —explicó, girando la joya frente a su copa—. Es muy rara y solo se la encuentra en Egipto.

—Egipto —repitió el chico, en voz baja—. ¿Por qué solo allí? 

El dueño se quitó la copa del ojo y contempló al chico con una sonrisa entre emocionada y divertida.
—Pregúntale a la naturaleza, muchacho. —El hombre carraspeó—. ¿Estás seguro de que no quieres venderla? Te doy trescientos…

—No —interrumpió el chico—. No puedo venderla. Gracias. —Y alargó su mano. El hombrecillo le devolvió la gema, pero antes dijo:

—Cuatrocientos.

El chico rubio tomó la cadena y volvió a colgársela al cuello. Su silencio era una negativa, pero el dueño pudo ver brillar la duda en sus frescos ojos azules. ¿Por qué se negaba, si era evidente que no tenía ni un centavo encima? ¿Por qué su compañero permanecía en silencio?

Ambos jóvenes se voltearon y comenzaron a alejarse. Las luces los envolvieron de sombras que se derramaron sobre el suelo de madera y sobre las alfombras de las princesas de India. 

—¡Quinientos! 

Pero el hombre abrió la puerta y la sostuvo para dejarle el paso al chico rubio. 

Ya fuera de la tienda, el joven y el hombre desaparecieron del campo visual del hombrecillo. Y con ellos la gema, la piedra preciosa que el menor se había negado a venderle. El hombrecillo respiró profundamente y el aroma del incienso le raspó la garganta, haciéndole toser. Con una risa divertida, escupió en el cesto de basura.

La novela se publicará el próximo 14 de febrero y podrá descargarse de manera gratuita. Más información al respecto en:

https://www.facebook.com/Laotraorilladelabismo

http://nimphie.blogspot.com.es

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